El secuestro de Maduro coronó 25 años de golpismo y bloqueo económico criminal, y un nuevo punto de partida para la ofensiva de Estados Unidos sobre el continente y el mundo. Nigeria (país petrolero y aliado de China) fue bombardeada horas antes, e Irán, Groenlandia y Cuba están en lista de espera. El sistema capitalista, que parió dos gigantescas matanzas en el siglo XX –la Primera y la Segunda Guerra Mundial–, genocidios y catástrofes ambientales, promete otro siglo de más crisis y guerras, a una escala destructiva muy superior. Para millones de explotados y explotadas de Latinoamérica y de todos los rincones, se abrió una etapa nueva y difícil, que demanda grandes luchas para resistir y, sobre todo, volcar todas las energías en construir poder, social y político, enfocándonos en enfrentar para destruir al capitalismo y al imperialismo. Este trabajo, desde su análisis y propuesta, tiene como fin aportar a esa perspectiva.
El siglo XX se cerró con la OTAN bombardeando la exYugoslavia para el reparto imperialista, momento mismo en que el “derecho internacional” (y la ONU) pasó a ser irrelevante. El nuevo siglo comenzó con la invasión norteamericana a Afganistán e Iraq, sin siquiera declaración de guerra. Desde entonces, la mayor potencia genocida intenta reafirmarse en una escalada hacia el “asalto del mundo” para recuperar la supremacía perdida ante el imparable ascenso capitalista de China, hacia donde apunta toda su estrategia de los últimos tiempos. Pero “contener” o desplazar al gigante asiático solo puede ser una solución temporal ; la resolución de la competencia por la hegemonía mundial es, más tarde o más temprano, militar. Porque el problema no es Trump. Lo que cruje es el capitalismo en el mundo. Trump, como dirección actual del imperialismo, está obligado a patear el tablero de un viejo orden que, en lo fundamental, ya no les venía funcionando.
Fracasados los aprietes arancelarios y las sanciones económicas, sin cerrar la guerra en Ucrania y continuando el estado de guerra crónica en Medio Oriente, redobla la apuesta dispuesto ya a pisar territorio de la Unión Europea y Canadá. Los problemas se acumulan también al interior de un Estados Unidos en recesión, con inflación sostenida, baja del poder adquisitivo y despidos, que profundizan la desigualdad y la extrema marginalidad. El “Servicio de Control de la Inmigración” (ICE) actúa como un grupo de tareas a cielo abierto aterrorizando ciudades enteras, amparado en la "inmunidad absoluta" otorgada por el gobierno. Bajo esta impunidad, se militarizan las calles, secuestran personas de las casas o directamente se las ejecuta a plena luz del día, como ocurrió con Renee Good y Alex Pretti. La violencia estatal contra grupos que se movilizan y las tensiones entre las fracciones armadas dentro del propio estado –fuerzas federales y estaduales– son factores de implosión, con fuertes elementos de guerra civil.
El descontento se viene expresando en las calles y también en las elecciones locales, con emblemáticas derrotas en Nueva York y en la Miami de Marco Rubio. En la cúpula del gobierno se expresan tensiones en el Congreso, con la Reserva Federal y en su propio seno, entre distintas fracciones políticas, todas de ultraderecha. El caso Epstein (tráfico de menores y pedofilia en el poder imperialista) desgasta “por goteo” la figura de Trump, a meses de la votación de medio término. Aunque el poder del dólar y el FMI son aún herramientas de expoliación (en Ucrania, Argentina, Europa…) la que está siendo cuestionada es su vieja hegemonía comercial, financiera y tecnológica, y hace años que su economía retrocede con déficit de sus balanzas comercial y fiscal, disminución de inversiones y desindustrialización, retraso en la apropiación de recursos imprescindibles para las nuevas tecnologías, etcétera… Nada alcanza para “hacer pie” en una crisis que, en primer lugar, es sistémica, es decir, se origina en el mismo modo de producción social capitalista, que se condensa en Estados Unidos. Por eso las grandes burguesías de todos los países se suman a la rapiña y a la solución bélica, para lo que necesitan barrer con todos los obstáculos políticos, remanentes de un siglo XX signado por lucha de clases, revoluciones obreras y conquistas sociales, que resultaron en derechos institucionalizados (políticos, laborales, sindicalización, acceso gratuito a la salud, jubilación, etc.).
En América del Sur “empezó” con Venezuela
Que Estados Unidos incursione en otro país y secuestre presidentes no es novedad. Que los envenene, los ahorque, los haga meter presos, tampoco. La diferencia es el contexto histórico y mundial en medio de la disputa por ver qué potencia comanda el próximo período, y la insuficiente resistencia de masas. Con el operativo del 3 de enero y el aval a la presidenta encargada, Trump mismo derribó el mito de “la temible dictadura chavista” con el que hicieron campaña y hostigaron a Venezuela durante un cuarto de siglo, con bloqueo económico, desabastecimiento de víveres y medicinas (igual que en Cuba), apagones, guarimbas, paramilitares sobre las fronteras, desconocimiento de elecciones, desestabilización, un “presidente autoproclamado”, confiscación del petróleo, los dólares y el oro en el exterior, hasta rodear al país con la flota militar en todo el Caribe. El operativo terrorista del secuestro fue la consecuencia lógica de una sistemática agresión que contó con la complicidad de la derecha local e internacional, los gobiernos afines de la región y de Europa, y los que “se borraron” –a excepción de Cuba–.
Incluso la política actual del gobierno chavista, que en el discurso exige la libertad de Maduro y en la práctica no puede más que ceder en toda la línea (ley de hidrocarburos y minería, diálogo con la derecha y con Estados Unidos) es todo un sello del fin de ciclo para el capitalismo nacionalista, incapaz de enfrentar al imperialismo, ni siquiera en lo político-diplomático. Lo que suceda en el próximo período en Venezuela dependerá de las masas venezolanas, de la región y en el interior de Estados Unidos. Pero también de los acuerdos y desacuerdos entre las fracciones burguesas por el reparto del botín, principalmente del petróleo y de sus invaluables riquezas minerales. Esta disputa comenzó ya entre las petroleras Chevron y ExxonMobil, y también con Europa, que pretende participar del festín a través de Repsol, Eni, Shell y British Petroleum. Seguramente incluya también a sectores de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, más leales al oro negro que al chavismo. China y Rusia, que hasta ayer sostenían a Maduro, parecen hoy corridas de toda ubicación de privilegio, teniendo que negociar en otros términos.
Asegurarse el control cabal de “su hemisferio”, incluyendo al Brasil fundador de los BRICS, hace a los intereses estratégicos de Estados Unidos para enfrentar al gigante asiático. Venezuela y Latinoamérica ocupan un lugar de importancia por el control de recursos y rutas (Canal de Panamá, Tierra del Fuego) y el deshielo en la región del Ártico, que liberó enormes riquezas de todo tipo y rutas marítimas (donde Rusia y China llevan ventaja), anuncia el próximo zarpazo sobre Groenlandia.
Lo viejo se agotó, y lo nuevo se construye
Este es el mundo real en el que vivimos, a pesar de que las mayorías no lo registren. El peligro avanza y no hay “una salida” que sea sencilla. Pero la historia demuestra que este rumbo puede evitarse. Fue la revolución de los obreros y las obreras en Rusia en 1917 la que logró frenar la gran carnicería humana de la Primera guerra mundial, y le arrancó los derechos sociales que conocimos a lo largo del siglo XX. Sin el triunfo de aquella revolución, y de la lucha en el mundo de la clase obrera en ese camino, el capitalismo hubiera impuesto condiciones de vida brutales, infrahumanas, mucho antes que ahora. Hoy el sistema acumula otro calibre destructivo, por el desarrollo armamentístico, nuclear, etc., en manos de una dirigencia imperialista que asombra por su embrutecimiento y oscurantismo medieval. El cambio de sistema se hace urgente. Pero no será gradualmente, ni por acumulación de leyes de la democracia, sino por la fuerza de otra revolución.
La burguesía, que gobierna hace tres siglos, no dejará el poder pacíficamente, y esta es la discusión que vuelve... ¡después de un siglo! Lo que hace una revolución es hacerse de un nuevo poder social y político, que le permita a las mayorías que lo ejerzan vencer la resistencia violenta del capitalismo, recién a partir de lo cual poder delinear, a conciencia y sometida a planificación, su propia economía, para construir una sociedad más libre, científica y humanista. El socialismo no promete el paraíso que promete la biblia, ni nace de un día para el otro como no sucedió tampoco con ningún sistema social anterior ; sino que en medio de la lucha contra el viejo orden tenderá a apropiarse de manera colectiva de todos los bienes, de los cuales los propios trabajadores y trabajadoras son productores cotidianos, incluyendo la socialización y la elevación de todo conocimiento, y otros innumerables ejemplos que las condiciones vayan permitiendo. Poner freno al derrumbe actual del capitalismo no es decisión de un puñado, sino de millones de explotados y explotadas lanzados a la lucha en las calles, a todo o nada. Lo que sí depende de la militancia consciente, es dar pasos prácticos para enriquecer, dar unidad y fuerza política a las ideas anticapitalistas y/o socialistas revolucionarias en una herramienta organizativa superior. Los tiempos no son infinitos.
______________________________
El capítulo argentino
La intervención del puerto de Ushuaia para una base norteamericana es concluyente: Argentina es parte de una futura guerra, en la forma que sea. Hoy ya es campo de batalla –incluso militar– a favor de la creciente injerencia de Estados Unidos contra China, que a su vez no cede en su relación comercial y financiera y de la que, contradictoriamente, dependen, además del gobierno nacional endeudado, numerosos proyectos de los estados provinciales en minería y energía a lo largo de la cordillera. La inundación con sus productos baratos perjudica momentáneamente a grandes capitalistas como Paolo Rocca, entre tantos que, lógicamente, aprovechan esa ubicación para intentar desterrar los derechos laborales históricos de la clase trabajadora argentina. Eso será la reforma laboral esclavizante de las próximas semanas que, por acción o “impotencia”, cuenta con el visto bueno de casi todo el arco político, desde el oficialismo al peronismo. La resistencia debiera manifestarse en todos lados, en cada empresa, grande o mediana, en toda fábrica y organismos estatales, en todas las plazas y en cada rincón del país. Es un nuevo capítulo de la lucha que debemos organizar contra las patronales.
______________________________