VIOLENCIA SOCIAL: canibalismo mediático y punitivismo
En 2016, en Zárate, un carnicero fue asaltado por dos jóvenes que luego huyeron en una moto; el comerciante tomó su auto, los persiguió, y a uno de ellos lo aplastó contra un semáforo. Como no era suficiente, se refugió en la grupalidad de los vecinos y entre varios molieron a palos a quien ya no podía defenderse. El cuerpo de Brian González tuvo que ser sacado por los bomberos. Murió a los pocos días. Dos años después un jurado popular, por unanimidad, lo declaró inocente. En las últimas elecciones legislativas el asesino fue electo concejal de Zárate por Juntos por el Cambio. Un dato curioso: quien dijo haber salido a recuperar lo suyo nunca revisó los bolsillos del joven en busca de los $5.000 que le habían sido quitados, el precio exacto de la vida de Brian.
En este contexto, el crimen de Fernando Báez Sosa impacta, pero no puede sorprender.
La “justicia” de los medios
Los medios de comunicación son la herramienta ideológica de la clase dominante, encargados de propagandizar sus intereses, que también les son propios. Son los que ponen la vara para medir a las buenas y malas víctimas. ¿Cuántos minutos de televisión ocupó el festejo de fin de año de Carolina Píparo y su marido, llevándose puestos en el capot de su auto a quienes suponían les habían robado minutos antes?
El periodismo “independiente” vomita su odio 24 hs reproduciendo insultos y expresiones estigmatizantes contra: mujeres, identidades de género, migrantes, mapuches, organismos de DDHH, trabajadoras/es que pelean por sus derechos, beneficiarios de planes sociales y un largo etc. Alentaron la muerte durante la pandemia haciendo lobby contra las vacunas –que no fueran las del laboratorio norteamericano Pfizer–, hasta el paroxismo de contar con una de sus chirolitas tomando dióxido de cloro en horario central. Completan el circo con programas como Policías en acción, en donde, como señala el cineasta César González “con la sangre que chorrea de la realidad, montan un espectáculo”.
Y cuando su campaña de odio finalmente se transforma en muerte, aprovechan la sensibilidad social para contrabandear el sueño húmedo de los sectores más reaccionarios: el endurecimiento de las penas, la baja en la edad de imputabilidad –aunque el delito cometido por menores es ínfimo– y hasta la pena de muerte. No satisfechos, la cloaca televisada pide a gritos sangre, sufrimiento y vejaciones dentro de la cárcel.
La violencia social no la resuelve la facultad penal del estado de castigar, no ataca la raíz del problema, lo reproduce: el legítimo pedido de justicia por la violación y femicidio de Micaela García fue utilizado para endurecer el cumplimiento de las penas, pero ello no detuvo los femicidios ni las violaciones.
No es un rayo en cielo sereno
La violencia cotidiana toma mil formas, y es la consecuencia de una sociedad en donde la vida, en su sentido más profundo, no vale nada.
“Yo quiero ser feliz” escribió una de las gemelas argentinas, antes de tirarse por el balcón de su casa en Barcelona. Alana estaba en transición de un cambio de identidad de género, uno de los motivos por los que era hostigada en la escuela. Según la ONG Bullying sin fronteras, 7 de cada 10 niños, niñas y adolescentes padecen este tipo de acoso o maltrato en entornos escolares que, según especialistas, aumenta muy significativamente los riesgos de suicidio, depresión y autolesiones. Así, infancias que debieran disfrutar del juego y el ocio, son convertidas en víctimas y victimarios.
Les adultes que los crían no gozan de mejores condiciones. La pandemia, “agravó los cuadros de depresión por el aislamiento social, el duelo, la incertidumbre y el acceso limitado a la atención sanitaria” (The Lancet). En Argentina, este cuadro se “resolvió” con la masificación de ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos –ganancias para los laboratorios– en lugar de ampliar el número de equipos interdisciplinarios de prevención y atención. Hoy por hoy cualquier padecimiento se agrava a la espera de un turno… si es que antes no llega la muerte.
Según la última encuesta de Sedronar “el alcohol es la sustancia más consumida entre los jóvenes escolarizados, y la edad promedio de inicio del consumo es a los 13 años”. En las guardias de los hospitales llegan decenas de adolescentes sin conciencia producto de la ingesta descontrolada, con sus correlatos, a corto y mediano plazo, de intoxicación aguda, riñas callejeras, embarazos no deseados, contagio de infecciones de transmisión sexual, consumo de otras sustancias y accidentes de tránsito.
¿Qué mejor vida propone el capitalismo cuando sus engranajes se echan a andar en función de la ganancia a costa de la explotación y opresión de millones?
Si aun quienes tienen techo y comida, ducha, estudio, trabajo, e incluso mucho más, precisan evadirse y hundir sus frustraciones en consumos problemáticos –drogas lícitas e ilícitas, religiones o pantallas– o llegan a terminar con su vida o la de alguien más, entonces algo huele a podrido. Ese olor nauseabundo emana de un sistema que nada bueno tiene para ofrecer, que mercantiliza a las personas, degrada los vínculos sociales, y propone convenientemente el individualismo rabioso como salida.
Los responsables del cobarde crimen contra Fernando Báez Sosa no son “extraterrestres”, son el subproducto de una sociedad capitalista infinitamente más bárbara, la misma que alimentó esa violencia, y que ahora trata de negar su paternidad.
Sol Eme