Debate en la izquierda: Un escenario de guerra y una política a contramano

En algunos sectores de la izquierda (partidaria, periférica, académica y antiguos dirigentes) presagian un escenario electoral inédito hacia 2027, muy favorable a Myriam Bregman, mientras el PTS (Partido de Trabajadores Socialista) lanzó ya sus comités orientados en esa perspectiva, y en la de “luchar por un partido de la nueva clase trabajadora”.

En su material “¿Cómo cambiamos la historia?” (mayo/2026) se asegura: “Las y los referentes del PTS son cada vez más reconocidos por poner el cuerpo como parte de esa resistencia. En el Congreso y en las calles”.  Esa sería la causa por la que las encuestas colocan a sus candidatos en altos niveles de apoyo, y sintetiza: “Tenemos una gran oportunidad... ante la bronca con la derecha gobernante y la crisis del PJ, podemos transformar la masiva simpatía con nuestros referentes en organización militante de miles de compañeros y compañeras... impulsar ampliamente comités y un movimiento que pelee por un partido de la nueva clase trabajadora…”.

Acerca del pronóstico electoral es difícil hoy evaluarlo, pero queremos aportar discutiendo el conjunto de  las posiciones políticas: ¿Por qué la izquierda llegó a tener los altos niveles de exposición actual y, por qué, en medio de la gran crisis capitalista, la guerra creciente y un régimen democrático descompuesto, se vuelve urgente encarar otras tareas?


Un proceso de integración

Las elecciones vienen constatando la crisis de representación política, estructural, por eso las encuestas (que no son ingenuas), alientan desde el poder una oferta “por izquierda” que contenga el descontento dentro del régimen democrático. Este testeo no se ensaya “en el vacío” sino que se basa en toda una orientación democrático-electoral aplicada durante años por la izquierda -que aún ocupando algunos lugares en la lucha popular- le permitió sobre todo ir ganando un pequeño espacio como “oposición parlamentaria” y llegar a ser atractiva por su comportamiento y discurso.


> Una bisagra

Ya la rebelión popular que en diciembre de 2001 tiró a uno... dos, cuatro presidentes, fue una bisagra que demostraría la putrefacción del capitalismo monopólico, imperialista, y la descomposición de todas sus instituciones, no solo las políticas. Se aceleró el hundimiento del bipartidismo PJ-UCR y la Justicia, el parlamento, la policía, todo, fue puesto en cuestión  –incluida la CGT que abandonó al pueblo a su suerte cuando la feroz represión en Plaza de Mayo–. 

El enfrentamiento físico, obligado, contra el aparato represivo del Estado –y no el “voto popular” – fueron la clave para echar al gobierno. Y su demostración, fue el surgimiento de incipientes asambleas populares, cuyo funcionamiento práctico y su aprendizaje colectivo no eran una “prolongación” del parlamentarismo burgués. Fue su negación práctica, fue ruptura, no continuidad.

Toda la izquierda tradicional jugó un digno papel en las jornadas de lucha de diciembre, reconocido por la vanguardia y sectores del pueblo. Pero, en la Asamblea Legislativa reunida de urgencia para formar un gobierno, solo Luis Zamora fue quien la denunció, expresó el momento político y quién cerró arengando “...apostamos a que el pueblo siga en la calle para volver a echar a quien salga elegido por este antidemocrático recinto”.

Izquierda Unida (IU), por el contrario, desde el mismo recinto tuvo un mensaje opuesto hacia el pueblo. Mientras millones en la calle exigían que se vayan todos, la diputada Patricia Walsh propuso formar “un gobierno de izquierda”… Los senadores, por supuesto, eligieron a Duhalde, el ilegítimo, quinto y último intento del Congreso por resolver la crisis. 

Fueron, de entrada, ubicaciones muy diferentes frente a una lucha de masas extraparlamentaria, y frente al Estado capitalista.

En los meses siguientes, esta política institucional se profundizó. Algunos partidos de la izquierda pasaron a administrar los planes sociales que el gobierno y la Iglesia pensaron para desmovilizar la urgencia del hambre y el reclamo de trabajo genuino, mientras otros proponían a las asambleas populares –hijas de la rebelión– “debatir una salida a la crisis peleando por una asamblea constituyente”.

Para mediados de 2002 la calle era un “hervidero” –cuyo nuevo detonador lo había activado la violenta represión policial que derivó en la Masacre de Avellaneda–. Fue la señal que indicaba al poder que no había margen para una salida “por derecha” y que había que “desensillar hasta que aclare”, enfilando hacia las elecciones, aunque sin figuras representativas dado el completo desprestigio, internas, y fuga masiva de militancia en los principales partidos del régimen, y a pesar de que un proceso similar comenzaba a expresarse regionalmente (Venezuela. Bolivia, etc.).

Ilusionada en que había llegado “su hora”, la izquierda se atalonó más en el esquema electoral y, durante los años siguientes, no varió demasiado. Fragmentada, movilizando con base en los planes sociales del Estado y un puñado de legisladores, no consiguió vincularse a mayores sectores populares.


> La derecha y el régimen levantan cabeza

El kirchnerismo comenzó a recomponer el bolsillo popular, mientras golpeaba a la derecha ideológicamente con el pasado del genocidio y otras políticas –más discursivas que reales– que le alcanzaron para hacerse de una numerosa base, ahora sumando también a cierta vanguardia obrera proveniente del trotskismo (que dicho sea de paso, restó importancia a peligrosas políticas “de estado”).

Como sea, la burguesía comenzaba a allanar el camino para reencausar el régimen político, y con un gobierno reelegido por mayoría popular en las elecciones de 2007. Era entonces cuando el PTS especulaba con una “ruptura de los trabajadores con el gobierno” y la oportunidad de formar un “PT” (ver LVO Nº 239/2007-Congreso). (1)

Sobra decir que ese pronóstico no se cumplió, pero sí lo opuesto: un profundo “enamoramiento” de amplias capas populares hacia el kirchnerismo, que empalmó con un sostenido y saludable rechazo a la derecha. 

La reacción, por derecha, llegó, y se expresó como coletazo de la crisis financiera internacional, con la desestabilización de la gran burguesía agraria (“el Campo”) y el Grupo Clarín en pos de voltear la resolución impositiva 125. 

Pero, la izquierda, otra vez vio la “oportunidad” de diferenciarse del gobierno –en lugar de ver a las patronales genocidas intentando levantar cabeza–. Los compañeros de la izquierda oscilaron entre confundirse con una “reedición del Grito de Alcorta” (con De Angeli y Buzzi), alinearse con la histórica golpista Sociedad Rural o adoptar una supuesta posición “independiente” bajo la formulación “ni con unos ni con otros”, como si el resultado de tamaña ofensiva patronal resultara “indistinta” para la clase trabajadora. Desde esta orientación, la izquierda se alejaba todavía más de los sectores populares, aunque, contradictoriamente, sus legisladores consolidaban y crecían en exposición mediática. 


> Un PASO decisivo

El patético perfil de la derecha, la propia muerte de Néstor Kirchner y una importante distribución de dinero, reforzaron los lazos del pueblo más castigado con el gobierno. Para 2011 se termina de cerrar el acuerdo de las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) con todos los sectores políticos (Duhalde incluido) para una reforma política que pusiera fin, en el terreno electoral, a la etapa abierta en 2001. Una multiplicidad de listas serían obligadas, a través del piso proscriptivo, a desaparecer o diluirse en coaliciones de “centro-derecha y/o centroizquierda”, una ingeniosa forma de reactivar el deshilachado bipartidismo. Pero el acuerdo debía contener a la izquierda tradicional, cuya existencia en los medios y su presencia en la calle no podía ni debía ser silenciada en las urnas. Así nace el primer FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores) entre los grupos más visibles, PO-PTS e IS. Sus referentes de aquel entonces, en todos los medios y entrevistas eran los tradicionales Altamira o Cristian Castillo. Por primera vez la izquierda tradicional debía superar 1,5% o quedaba fuera, lo que hubiera sido un bochorno antidemocrático. Para dar legitimidad a la reforma, el gobierno y la burguesía, sólidos en esa etapa, se encargaron de garantizarla lanzando la campaña “un milagro para Altamira”. La izquierda “antisistema”, lejos de denunciar este salto antidemocrático, lo usufructuaría (incluso luego para dirimir sus propias candidaturas)

Este año el Frente de Izquierda (ya incorporado el MST) cumplió 15 años de existencia, con una superlativa presencia en los medios, hoy tras la figura de la diputada Myriam Bregman. 

La descomposición del régimen democrático, sin embargo, es mucho más profunda que entonces. La inutilidad del Congreso se expresa no solo ni fundamentalmente en el híper presidencialismo con impunidad de vetar y decretar casi lo que quiera; también pegó un salto el poder e impunidad de la Suprema Corte y de un Estado crecientemente policíaco… En lo electoral, la crisis de representatividad se expresó en las últimas elecciones intermedias de manera categórica en las que el abstencionismo fue la primera minoría, una forma de rechazo que incluye a todos, dado que lo que está agotado no son “las propuestas” o “programas de gobierno”, sino el sistema capitalista en su conjunto, un proceso que se expresa en todo el globo. 


No hay “atajos” contra el capitalismo

Los “Partidos de Trabajadores” -con este u otros nombres (2) -no son un camino a la independencia de clase; son partidos o movimientos de amplia base obrera con un programa para ir logrando reformas graduales, económicas y políticas dentro del sistema (es decir, un programa capitalista). Su esencia y su creación, estuvieron materialmente ligadas a un capitalismo en ascenso, el crecimiento y creación de grandes sindicatos y con un régimen político de democracia capitalista. Rápidamente, el desarrollo posterior del capitalismo monopólico, imperialista, terminó por absorberlos y transformarlos en todo lo contrario.

¿Qué podría ser, hoy, un “partido de la nueva clase trabajadora”?

Puesto que no hay ni capitalismo en ascenso (sino en crisis), que de la democracia capitalista solo queda el nombre, que lo mismo puede decirse de los sindicatos y de la clase obrera tradicional, fragmentada y diversificada como nunca, un “PT” sería solo la caricatura de los anteriores, porque en el mundo de hoy no hay margen para reformas, más bien todo lo opuesto.

El mundo capitalista marcha hacia la guerra y profundiza la barbarie, al ritmo de la disputa EEUU-China, a contramano de la institucionalidad democrático burguesa. Por parte del imperialismo y todas las burguesías, avanzan con guerra, represión y saqueo de los pueblos; por parte del pueblo trabajador, responde no solo a través del ausentismo, abstencionismo y otro tipo de rechazo, sino también con algunas luchas como en Bolivia, y otras, que tienden a romper el orden democrático, y no a emparcharlo con las urnas. 

Buscar desde la izquierda “atajos democráticos” para llegar a las masas (sea por un gobierno de izquierda, una asamblea constituyente, un “partido de la nueva clase trabajadora”), en lugar de plantear con transparencia la necesidad de un camino revolucionario, solo suma confusión porque va a contramano de la realidad y de la historia, retrocede la conciencia porque aporta confianza en un régimen político caduco y en descomposición.

La posibilidad de resistir el guerrerismo y la violencia creciente del capital es un desafío inmenso. Pero solo será posible, si millones (no si un partido de izquierda o un “gran frente contra Milei”) se juegan la vida para enfrentarlo en las calles y destruir su poder armado, político, ideológico, cultural –es decir, sus estados– y construir el propio, masivo, por lo tanto realmente democrático. 

Se trata de revoluciones. No dependen de nuestras voluntades como grupos o partidos por chicos o grandes que sean. Pero hay que militar para ayudar a sacar esa conclusión logrando una síntesis entre lucha, conciencia y organización. Esas son, y no otras, a nuestro entender las tareas del activismo y las izquierdas del socialismo revolucionario.(3)

Tal vez constituya una tarea casi re fundacional. No ignoramos el desinterés –y hasta el rechazo– que pueda ocasionar una propuesta revolucionaria entre sectores de masas, incluso de vanguardia, en esta fase de reacción ideológica. Pero las posibilidades materiales de una irrupción revolucionaria de millones existen en el seno de la propia crisis, decadencia y barbarie de la sociedad capitalista, embarcada hoy en un proceso de guerra indefinido. ¿Para qué militamos si no para jugarse a todo o nada en esa perspectiva?

LIGA SOCIALISTA REVOLUCIONARIA


(1) Jorge Guidobono ha polemizado respecto a dicha política entonces, antes y después con PTS y la izquierda:

Una polémica en la vanguardia

¿Un camino a la independencia de clase?

Partido de los trabajadores o Partido Obrero Revolucionario

¿Un partido de la clase trabajadora?

Siglo XX: Ensayo general de la revolución socialista

y otros materiales a disposición

(2) Socialdemocracia europea, Laborismo británico, Solidaridad Socialista  (Polonia), Partido Laborista (Argentina), PT de Lula (Brasil), etc.

(3) La LSR propone debatir, acordar, confluir




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