¿Un partido de la clase trabajadora?
El PTS y otros grupos vienen levantando este objetivo como clave de su política actual.
No son muy originales. Pero después de la creación y desarrollo del PT brasileño, un partido que se proclamaba socialista en su origen, y sostenía la consigna “Trabajador vote trabajador”; que fue llevado primero a los gobiernos estaduales y luego dos veces a la presidencia nacional, ha ido mostrando, a lo largo de más de 25 años, cómo se ha ido incorporando al régimen como un componente más del mismo. En esas condiciones, intentar experiencias similares adquiere mayor gravedad.
Los partidos socialistas revolucionarios sólo pueden ser “de masas” en una etapa prerrevolucionaria o revolucionaria. En tiempos de relativa calma social, sólo pueden ser un grupo de propaganda o un partido de vanguardia con una cierta influencia en el activismo y algo reconocido por franjas de trabajadores.
La historia de los últimos 150 años ha demostrado que, siendo la más homogénea de las clases, la obrera también es heterogénea. Tiene vanguardias y retaguardias en distintos períodos y procesos. Por eso, un partido único, máxime en períodos “normales”, sólo sirve para atar a la vanguardia a la inactividad, los atrasos y los prejuicios de la mayoría de los trabajadores, que no tienen conciencia revolucionaria, de clase –para sí–, salvo en grandes procesos sociales y mediante la educación política del o los partidos o grupos revolucionarios. Lo demás, es lindante con el sindicalismo revolucionario, al estilo del francés Jorge Sorel de hace un siglo, que demostró limitaciones insalvables.
Lenin explicaba, hace más de un siglo, en Qué hacer, que la lucha sindical sólo podía llevar a los trabajadores a una conciencia sindicalista (“tradeunionista” la llamaba él). Y que su elevación a la conciencia política estaba determinada por la acción de las organizaciones marxistas revolucionarias. La clase “en sí”, con conciencia sindical, decía Lenin, alcanza para saber que hay que luchar contra el patrón. Pero su superación revolucionaria a clase “para sí”, consciente de la necesidad de una revolución para derrotar al régimen capitalista y a su Estado, requiere de la intervención sistemática y consciente del partido en todas las luchas (económicas, políticas y teóricas), sin pretender gambetas ni atajos en la lucha de clases, porque ésta no las admite. No sólo es necesario acompañar a los trabajadores en el alza y en el retroceso de sus luchas, sino también saber quedarse solos cuando circunstancias como la primera guerra mundial imperialista sumergieron a la clase obrera en el “patriotismo” y redujeron a los bolcheviques a su menor expresión. Eran 40.000 camaradas cuando comenzó la revolución de febrero de 1917 en Rusia (significarían algo así como 10.000 en la Argentina actual), y superaron largamente los 200.000 en octubre.
Algunos apuntes sobre el trotskismo y el gran “partido de trabajadores”
La historia del trotskismo, desde la segunda guerra mundial en adelante, está signada por un mismo fenómeno con dos expresiones distintas del oportunista camino del “atajo hacia las masas”: 1) La integración a los partidos comunistas de masas en los países de Europa, para influir en su hipotético viraje hacia la izquierda ante una supuestamente próxima tercera guerra. En los países donde el PC era raquítico, el entrismo se hizo en los partidos socialistas. Así lo hizo Ernest Mandel (uno de los principales dirigentes de la IVª Internacional en esa época) en Bélgica, incluso sin delimitarse en la huelga general de 1960. Como epifenómenos de esa política estuvo su seguidismo al MNR de Bolivia en la década de 1950; a Ben Bella y el FLNA en Argelia y a los ceilaneses del LSSP que pidieron el ingreso a la IVª en 1954. 2) El reclamo de un “partido obrero”. Esta variante se dio en los países semicoloniales, en particular de América Latina. Esa fue su política en la Argentina de los ’60 y en Brasil a fines de los ’70. En la década de 1990 algunos sectores trotskistas lo intentaron nuevamente en la Argentina. Y en el siglo XXI, el PTS parece querer encabezar esa política.
A mediados de los ’60 en la Argentina, tras el fenómeno de los programas nacionalistas burgueses de Huerta Grande y La Falda y del plan de lucha de 1964, Posadas –que venía de ser el secretario de Michel Pablo en América Latina– y Nahuel Moreno se dieron distintas tácticas para lograr el “partido obrero”. Posadas impulsó el POBS (partido obrero basado en los sindicatos) y Moreno le reclamaba a Vandor que rompiera con Perón y formara un partido obrero.
Palabras más, palabras menos, Christian Castillo –La Verdad Obrera N° 239– repite los mismos argumentos: que en ese partido se daría una gran lucha por las masas entre los revolucionarios, los centristas y los reformistas.
Pero nada de eso ocurrió, por la sencilla razón de que ningún sector burgués –en particular Perón– alentó la creación de ese partido.
Si en Brasil se concretó el “partido de los trabajadores” fue porque la iglesia católica lo impulsó como herramienta para frenar el ascenso obrero ante la dictadura agonizante y la falta de partidos burgueses mínimamente estructurados. El recorrido del PT y de Lula en las últimas dos décadas es archielocuente de la inteligente maniobra burguesa que dejó un tendal de ilusiones y de cabezas rotas. Pese a lo cual, muchos quieren reincidir en el “atajo”, así sea caminando hacia el abismo.
Castillo y su proyecto de “partido de cientos de miles”.
En nombre de la dirección del PTS, para su próximo Congreso, Castillo escribe: “Sólo comenzando esta lucha desde hoy mismo podrá conquistarse, cuando la evolución de la situación política lo permita, una base de unos cuantos cientos de miles de trabajadores que, aunque al comienzo sean una minoría en el conjunto de la clase obrera, puedan ser la base de un verdadero partido de trabajadores, con la capacidad de dirigirse a las amplias masas obreras y populares para restarlas de la influencia de los burócratas sindicales y de los políticos patronales. [...] Sería una fuerza que, frente al agotamiento de la experiencia kirchnerista ante una futura crisis o ataques de envergadura (tipo ‘Rodrigazo’), podría disputar la dirección de la clase trabajadora, ya que es muy probable que, a diferencia de lo ocurrido en diciembre de 2001, el movimiento obrero ocupado juegue en enfrentamientos de esta envergadura un rol protagónico debido a la combinación de la recomposición social de estos años con la acumulación de experiencias de lucha y organización que se vienen dando desde el ‘santiagazo’ en adelante. Es decir, lo que (...) definimos como la perspectiva de un ‘auge obrero’” (LVO, N° 239).
Al margen de que ni Perón tuvo “unos cuantos cientos de miles” de militantes, sino como corriente de simpatía y un número de votos mucho mayor, la pregunta inmediata es ¿de dónde saldrían?
Ya hemos dicho, siguiendo a Lenin, que existe una relación dialéctica entre lo sindical y lo político, y no que “van de la mano”, como afirma el PTS. Tiene que haber “otra mano” que ayude a que un sector significativo (aunque no sean “cientos de miles”) se vuelque a la lucha política partidaria contra la burguesía en su conjunto. Esa “mano” es una aguda radicalización en la política, los métodos y la conciencia de los trabajadores, que encuentre un bloque socialista revolucionario que no necesariamente será el producto de la evolución gradual de algún partido. Si esa mano no existe, resulta imposible que ese partido pueda surgir de la propaganda del PTS (ni de la de toda la izquierda junta).
Descartando, como marxistas, los milagros, da la impresión que esta campaña del PTS pretende entusiasmar falsamente a la militancia, o está dirigida a alguna institución o fuerza social, como podrían ser sectores de la CTA y de la Iglesia. Si no es así, ¿a quién va dirigido el llamado a construir el partido de “cientos de miles de trabajadores”?, ¿a nadie?
Admitamos que se dirige a nadie y se produce el milagro de que aunque sea unas decenas de miles forman fila para golpear la puerta del local de la calle La Rioja, ¿qué podría hacer el PTS con su pequeña fuerza militante? Sospecho que trataría de captar a 50 o 100... y los otros miles volverían a sus casas defraudados y con bronca hacia la izquierda socialista y todos sus partidos.
El problema es que oportunismo y sectarismo no son necesariamente antagónicos: ambos toman una porción de la realidad, para salir disparados detrás de ella, ignorando el total de la realidad. Por eso no son antagónicos sino que se suceden alternativamente en una misma organización.
El sendero que propone el PTS no es un camino hacia la clase trabajadora y a un gran partido. Es un atajo propagandístico sin futuro y con peligrosas consecuencias para su militancia y para los muchos o pocos trabajadores que puedan interesarse por esta propuesta.
JORGE GUIDOBONO
Bandera Roja N°79