1975-1990: CLASE, PARTIDO y DIRECCIÓN en la Argentina, por Jorge Guidobono

Es necesario salir del falso dilema que, en un polo, le endilga a la base obrera y popular la responsabilidad de no luchar o hacerlo a medias y, en el otro extremo, hacer recaer exclusivamente la responsabilidad de los problemas que aquejan a la clase obrera en el factor subjetivo, el de la dirección, o el de sus fracciones más avanzadas, así sólo dirijan franjas pequeñas del movimiento de masas.

Concretamente, es necesario terminar de aclarar dos problemas que a menudo se confunden: las sucesivas traiciones, derrotas, o retrocesos de la clase, no son sólo el producto de su dirección traidora, floja o lo que sea, contrapuesta a una base maravillosa, que no se sabe por qué no la echa a patadas. Es evidente que la resistencia de la base no encuentra su correlato en un avance, así sea pequeño, de la izquierda que se encuentra sumida en un proceso de crisis ideológica, política y metodológica como consecuencia de sus viejas ataduras de todo tipo al nacionalismo burgués y al estalinismo. Naturalmente en esta nota no pretendemos más que comenzar la discusión sobre un tema tan vasto y complejo.

A nuestro juicio en el análisis de un largo período –del cordobazo a nuestros días–, debemos considerar varios factores que se interrelacionan y que muy esquemáticamente podemos enunciar así:

1) un movimiento obrero importante, numeroso, con un alto grado de organización, y un nivel de vida relativamente bueno, en un país de desarrollo capitalista intermedio, con baja tasa de desocupación y una importante concentración en grandes fábricas que coexistían con multitud de pequeños talleres; 2) importante experiencia en luchas sindicales, incluso algunas minoritarias bajo Perón, políticas contra la Libertadora y sindicales en la década del 60 hasta el “Cordobazo”, donde combinan lo político y sindical; 3) alto nivel de conciencia sindical (¡burocrática!) y conciencia política peronista de conciliación de clases, de búsqueda permanente del “salvador” que desde el balcón de la Rosada “le tirara algo” a los trabajadores; 4) una extendida, numerosa clase media, de relativos altos ingresos y nivel cultural, que osciló entre ser apoyo social de la Libertadora y ser estafada (incluida su intelectualidad) por todo el mundo de allí en adelante; 5) la revolución cubana que golpeó sobre toda la generación de los ’60 y tuvo enorme importancia en el apogeo de la guerrilla de fines de los sesenta en adelante; 6) el peso de la URSS y de la disputa chino-soviética para absorber el “ala izquierda” del PC posiblemente más de derecha de Latinoamérica y colocar detrás de una política igual o peor; 7) el carácter relativamente marginal del trotskismo y su adaptación en mayor o menor grado al peronismo y a la corriente guerrillera surgida al calor de la revolución cubana.

Estos elementos planteados esquemáticamente constituyen el marco más general, que necesariamente deberá ampliarse, sobre la evolución de la clase obrera y los explotados y la vanguardia revolucionaria en el último cuarto de siglo.


Del Cordobazo a 1973: coincidencia y divorcio del activismo y la base

El proceso abierto con el cordobazo del ’69 no sólo tuvo las estupendas manifestaciones tantas veces relatadas por el grueso de la izquierda: marcó también el divorcio de fondo entre la vanguardia (que discutía duramente si insurrección, guerra popular prolongada, si a las fábricas o al monte o hacer de las ciudades “una jungla de cemento”) y el obrero normal de base, que además participaba en numerosos “azos” y para quien el problema político se resolvía de una forma simple: “que vuelva el macho y se arregla todo”.

La burguesía y el imperialismo comprendieron mucho mejor que la vanguardia esta flagrante contradicción entre el accionar y la conciencia de los explotados. Mientras la burguesía comenzó a negociar el regreso de Perón para que actuara de bombero del incendio que se venía, el grueso de la izquierda se fue “peronizando” en una gigantesca adaptación y seguidismo a la conciencia atrasada de las masas que confiaban en Perón. En el campo de la guerrilla esto convirtió al pequeño engendro de origen oscuro y trayectoria menor que fueron en sus comienzos los Montoneros, en una bomba de succión para la guerrilla “guevarista” y llevó a que hasta el PRT-ERP llamara a votar a Perón en setiembre de 1973, junto con el reconvertido y peronizado Partido Comunista.

En el campo del trotskismo la única posición básicamente correcta fue la del sector de Moreno que levantó, con cierto éxito, una opción de clase (“no vote patrones, burócratas ni generales”), que de hecho le dio vida durante dos décadas, al margen de los graves problemas que tuvo en todos los terrenos. En el otro polo, Abelardo Ramos (fenecido embajador menemista y renegado trotskista) llamó a votar a Perón “por la izquierda”. En el medio, quedó el actual Partido Obrero, llamando a votar en blanco junto a la guerrilla no peronista en marzo y “en blanco o a Coral-Páez (PST)” en setiembre.


De la muerte de Perón al golpe de 1976

Perón murió el 1º de julio del ’74, en pleno auge de las “Tres A” desarrolladas bajo la batuta de López Rega y, como mínimo, con el consentimiento tácito de Perón. En noviembre de 1974 el gobierno decretó el estado de sitio que duró hasta la caída de la dictadura.

La crisis económica empezó a sentir los dolores del parto y poco después estalló el “rodrigazo”, en junio/julio del ’75.

La muerte de Perón ayudó objetivamente no sólo al proceso de luchas, sino también al de comprensión política de su carácter. Pero la izquierda peronista –con Montoneros a la cabeza– jugó un rol importantísimo para amortiguar este proceso de desperonización y avance de la conciencia de los explotados atados durante décadas a la conciliación de clases.

El pérfido carácter de Firmenich, Vacca Narvaja y los máximos dirigentes Montoneros se acentúa con el hecho de que siguieron esparciendo la sífilis de la conciliación de clases incluso después de que el propio Perón los echó de Plaza de Mayo por “estúpidos”, “imberbes”, el 1º de mayo de 1974.

El proceso abierto con el rodrigazo y el hecho de que el peronismo estuviera representado por Isabel, Luder y las “ Tres A” (incluso después de defenestrado López Rega), abrió un curso tumultuoso y confuso de radicalización política (que fue derrotado a sangre y fuego por el golpe del 24 de marzo). En ese proceso lo mejor del activismo se fue a la guerrilla, en particular a la peronista. Ello respondía en primer término a un factor objetivo: el auge de la guerrilla y el populismo nacionalista pequeñoburgués en toda Latinoamérica.

Por otro lado, la creciente adaptación de quienes nos reclamábamos del trotskismo, a los jirones de democracia burguesa y el carácter sectario, soberbio y de gran peso estudiantil en la formación de los principales cuadros del PST (el partido trotskista no guerrillero más importante de la época, complementado con el PO actuando como su parásito, en todos los sentidos), no podía contrarrestar esa tendencia de la vanguardia.

El rol confusionista y perverso de la guerrilla en todas sus variantes y su desenchufe absoluto de las necesidades del movimiento de masas hizo que se abriera un foso entre el activismo y la base, lo que le dio amplia apoyatura social al golpe del ’76 y paralizó la resistencia al mismo, que, por otra parte, nadie llamó a organizar claramente.

Como síntesis digamos que el golpe logró el conjunto de sus objetivos: en el terreno económico abrió el camino que hoy siguen Menem-Cavallo, aniquiló a la guerrilla y a buena parte de lo mejor del activismo obrero, garantizó el monopolio burgués de la violencia, aplastó al proletariado y se ganó en los primeros años a grandes sectores de la pequeña burguesía con la “plata dulce”.

Políticamente no sólo “asoció” por izquierda al PC, sino que no encontró una oposición principista que planteara claramente la voz de mando de la hora: “¡abajo la dictadura!”. No lo hicieron ni el PST ni el PO, por lo menos hasta el año ’80, cuando la dictadura ya había cumplido su labor central, aplastando a la vanguardia y a la clase y quebrando incluso el hilo de su experiencia y tradición histórica.

La dictadura fue una victoria contrarrevolucionaria de tipo estratégico de la burguesía que no pudo ser revertida ni contrapesada por el error y la bancarrota táctica de los militares en Malvinas.

El régimen democrático que lo suplantó complementó la labor depredadora, violenta, ejercida por la dictadura. Y ayudó a terminar de domesticar a la izquierda que se reclama revolucionaria y que no demostró serlo en forma consecuente bajo la dictadura. Por eso pudo asimilarla en lo fundamental al régimen democrático burgués, por más trucha que sea su “democracia”. Ese será tema de otra nota posterior.

Hoy el problema está marcado por una contradicción objetiva: importantes sectores de la base están realizando una considerable experiencia con la democracia burguesa, con todo lo parcial y limitada que esta experiencia pueda ser sin una dirección revolucionaria, mientras que en todo este período se profundizó el carácter “democratizante” de la izquierda, su adaptación a la democracia burguesa. Se desarrolló primero como adaptación a las ilusiones falsas de las masas en la democracia.

Pero, aun en la total marginalidad social actual, se mantiene a pesar de que en un sentido se invirtió la curva de las ilusiones de las masas, lo que sin respuesta política revolucionaria, sólo se transformará en escepticismo y pasividad y no será ningún obstáculo serio para el ejercicio del poder por la clase dominante. Pero también constituye una base potencialmente importante para una política obrera revolucionaria, la que es necesario impulsar para refundar sobre bases revolucionarias sólidas a la izquierda que se reclama marxista, socialista e internacionalista.

J. GUIDOBONO

Entradas más populares de este blog

Organizar la pelea de fondo CONTRA TRUMP, MILEI y las PATRONALES (editorial)

LA LSR PROPONE DEBATIR

¡ALTO AL EXTERMINIO DEL PUEBLO PALESTINO!

Suplemento: EEUU y la marcha hacia la guerra (aportes y propuestas de la LSR)

Ni un pibe para la guerra imperialista

COLUMNA CULTURAL: Horizonte oscuro

EDUCACIÓN: La crisis no es pedagógica

editorial: GENOCIDAS de los pueblos