EL PERONISMO: la maldición burguesa de la Argentina proletaria, por Jorge Guidobono
Uno de los representantes más destacados de la izquierda peronista de las décadas del cincuenta y del sesenta, John William Cook, solía definir al peronismo como la maldición de la Argentina burguesa o el hecho maldito de la Argentina burguesa.
Nuestra posición es la opuesta, al margen de que no creamos un milímetro en maldiciones: estamos convencidos de que gracias al peronismo y a las condiciones particulares materiales en que éste nació y se desarrolló, jamás estuvo en peligro la dominación burguesa del país en el último medio siglo y que las secuelas de la sífilis de la conciliación de clases inoculada por el peronismo en la conciencia de dos generaciones de obreros, está muy lejos de haberse sanado.
Ello es así porque hubo condiciones materiales que lo posibilitaron y porque las direcciones que se reclamaban revolucionarias (obreras o pequeñoburguesas), capitularon en términos generales al peronismo y, más en general, al nacionalismo burgués. Incluso cuando se diferenciaron de él lo hicieron dentro del mismo marco teórico-político.
Esto hace que la discusión sobre el fenómeno del nacionalismo burgués sea un problema de suma importancia, ya que está en la base de la crisis de dirección obrera revolucionaria en la Argentina.
"¿El mejor gobierno para la clase obrera?"
Sin signos de interrogación, esto es lo que afirma Palabra Obrera (PRS, 20/10/95), pasando a explicar lo mismo que de una u otra forma dice el grueso de la izquierda en este cincuenta aniversario del 17 de octubre: nunca los trabajadores lograron tantas cosas.
La afirmación, difundida, de que el peronismo fue el mejor gobierno para la clase obrera es, en sí misma, la más simple demostración de la sujeción ideológica de estas corrientes a la burguesía. No hay “enemigos mejores” y “enemigos peores”, como siempre pregonó el Partido Comunista: simplemente, hay enemigos mortales de clase que luchan por mantener la explotación capitalista de diferentes formas, pero con los mismos objetivos. Para ello usan, desde plata para concesiones, si tienen; palos y balas si andan mal, hasta votos “democráticos” después que las balas barrieron a una generación y trepanaron el cerebro de millones con ilusiones democráticas y pacifistas.
Todos los gobiernos burgueses combinan palos, concesiones y hasta votos. Perón lo hizo claramente incluso en el período que fue “el mejor gobierno para la clase obrera”, como lo demuestra, por ejemplo, la represión a las huelgas de los ferroviarios y azucareros. Por otro lado, las concesiones de Videla a la pequeña burguesía que recorrió el mundo con la plata dulce, mientras en el país se asesinaba y la contrarrevolución iba logrando sus objetivos centrales, son una demostración de lo que también hizo “el peor” gobierno para la clase obrera… Y la propia clase dominante lo echó después de la aventura de Malvinas, porque su permanencia en condiciones de extremo debilitamiento, podía desembocar en una insurrección obrera y popular que pusiera realmente en peligro la continuidad del poder burgués, pasándolo a la historia como “el peor” gobierno para la burguesía, a pesar de los inmensos y criminales servicios prestados.
El punto de partida de un análisis marxista está en delimitar las fronteras de clase, no las del supuesto “mal menor”.
Un análisis y una política marxista, de clase, parte de un axioma: todo lo que haga la burguesía y su gobierno es siempre, irremediablemente siempre, para aumentar sus ganancias y mejor explotar al proletariado, por más que varíen las formas de su proceder. Por eso, Trotsky planteaba a sus seguidores en España durante la guerra civil, que no podían votar ni el mejor presupuesto de guerra del gobierno burgués del Frente Popular, porque incluso este presupuesto, en plena guerra civil, iba a ser usado contra el proletariado, de la forma que fuese, y no podían tener el aval del voto de los revolucionarios, por más críticas que le formulasen. A partir de allí recién empieza la cuestión táctica muy importante, de cuál es la mejor forma posible de argumentar ese rechazo, de hacerlo o más didáctico y educativo para las masas.
En este contexto, un rechazo a toda propuesta burguesa, tal vez tácticamente mal fundamentado, casi bárbaro, es principista; mientras que es nefasto para la revolución proletaria el “apoyo crítico” con la fundamentación más izquierdista y la táctica supuestamente “más piola”. El primero es un grave error político que puede, eventualmente, corregirse. El segundo, es ayudar –“por izquierda”– a colocar un nudo corredizo al cuello del proletariado, ser los ayudantes de “izquierda” del verdugo burgués.
Mientras se mantiene el dominio burgués, cualquier conquista material de los explotados es más o menos efímera. Hay que luchar por ellas, pero apuntando al objetivo estratégico de ir abriendo, en cada movimiento de la lucha de clases, la más profunda e infranqueable zanja entre el proletariado y la burguesía, sembrar la desconfianza y el odio de clases, que es uno de los requisitos para terminar con el dominio burgués.
En un sentido amplio, estratégico, el peronismo fue el peor gobierno burgués para los explotados porque les expropió su conciencia de clase y, en consecuencia, los condenó a sufrir todas las calamidades de los últimos cuarenta años. Repetir, medio siglo después del 17 de octubre del 45, que esa expropiación constituye “el mejor gobierno para la clase obrera” es caminar detrás de la conciencia atrasada impuesta por el peronismo, y adular su atraso.
El problema de la relación con el imperialismo
Toda política obrera revolucionaria toma en cuenta las contradicciones interimperialistas e interburguesas y los posibles roces de las burguesías de los países dependientes o semicoloniales con tal o cual potencia imperialista. Pero lo hace a partir del ABC de la Revolución Permanente: estas burguesías, como la argentina, pueden tener intereses contradictorios con el mundo imperialista pero tienen intereses antagónicos con la clase obrera que explotan directamente. Con sus hermanos mayores de clase pueden competir –eventualmente– por el reparto de la plusvalía y utilizar para ello como punto de apoyo a un movimiento obrero estatizado, un gigante descerebrado, pero el límite de esos roces está dado por la defensa del régimen capitalista.
Los sectores más poderosos de la burguesía argentina, nacieron estrechamente entrelazados con la burguesía mundial; en primer lugar los agroexportadores, pero también la burguesía “industrial”, que osciló entre el saqueo de las arcas estatales –IAPI y burguesía “cupera”– y la dependencia de tecnología e insumos del mercado mundial, además de su origen entrelazado a la banca y al gran capital agrícola-ganadero.
Por eso, las burguesías dependientes –en nuestro caso, la argentina– son orgánicamente incapaces de llevar adelante ninguna lucha revolucionaria consecuente por la liberación del país del imperialismo.
La liberación nacional no se dará junto a la burguesía nativa sino contra ella; jamás podrá lograrse con el proletariado como furgón de cola de la presión burguesa por el reparto de la renta, sino con la clase obrera acaudillando a los explotados y oprimidos de la ciudad y el campo para derrocar el poder burgués e imperialista.
Por eso, todas las teorías que levantaron diversos grupos trotskistas a lo largo de muchos años, sobre el frente único “antimperialista”, constituyeron una vulgar claudicación a la burguesía que ayudaba a la victoria imperialista, al margen del ridículo que significaba la pretensión de un “frente” entre Perón y algún grupito trotskista, parecido a proponer un “frente” entre la pulga alojada en el lomo de un elefante, y el elefante.
Perón tenía “todo para aplastar a los golpistas” pero “prefirió no verter sangre entre hermanos” y se escapó en la cañonera paraguaya. No actuó así, en lo fundamental, por cobardía personal, sino por su conciencia de clase burguesa, por su comprensión de que el aplastamiento de los golpistas sólo era posible con una acción revolucionaria del proletariado en armas, que derrotara, dividiera o desquiciara a las fuerzas armadas, abriendo un proceso peligrosísimo para la Argentina capitalista.
A grandes rasgos, su comportamiento fue similar al de Galtieri y la pandilla militar durante la guerra de Malvinas: no es que se equivocaron de “programa”, sino que defendieron el interés capitalista por sobre circunstanciales contradicciones, incluso tan poderosas como un golpe con comienzo de guerra civil en el 55 o una guerra no querida con el imperialismo en el 82, además de que unos años antes, hasta Videla se le retobó a EE.UU. y no cumplió el embargo de cereales impuesto contra la URSS porque así le convenía a la oligarquía.
El agotamiento del nacionalismo burgués y del peronismo
Hace 20 años afirmábamos: “La conclusión de ese proceso, es que estamos asistiendo a las exequias del peronismo, el movimiento nacionalista burgués que durante treinta años mantuvo el control político del proletariado más organizado de uno de los países decisivos de Latinoamérica.
”El peronismo sigue así el camino del nasserismo y del sukarnismo. Estos tres movimientos nacionalistas burgueses, creadores y portavoces del ‘tercer mundo’, han sucumbido en el transcurso de una década. Su liquidación más o menos sangrienta cierra en cierto sentido toda una etapa: la que protagonizaron los movimientos nacionalistas burgueses surgidos en los países semicoloniales en la segunda posguerra” (Un siglo de luchas, 23/3/76).
El peronismo no se hundió bajo una montaña de votos, sino que se fue transformando al ritmo del cambio estructural de la burguesía argentina en la división internacional del trabajo que se viene operando en los últimos 20 años. Y si lo pudo hacer sin perder en lo fundamental votos, ello se explica, en parte, por la persistencia de una conciencia formada en la conciliación de clases.
Este atraso en la conciencia de clase es responsabilidad también de las corrientes revolucionarias que reclamándose socialistas e internacionalistas –de las que hemos sido parte–, han hecho todo tipo de concesiones de fondo al nacionalismo burgués, integrando como propia buena parte de sus falsos mitos y símbolos, incluyendo aún hoy en su lenguaje la terminología peronista –“cipayos”, “gorilas”– en un vano intento de atraer artificialmente a la clase obrera.
El reclamo prácticamente unánime del trotskismo hoy de “programa obrero de emergencia”, no es más que el intento de un simple plagio de los programas de la izquierda peronista (Huerta Grande, La Falda y CGT de los Argentinos), o sea, un programa más o menos radicalizado del nacionalismo burgués.
Este abandono de las tesis de la revolución permanente, que cae en el etapismo stalinista, tuvo oportunidad de expresarse en el plano internacional hace pocos meses en oportunidad de la invasión yanqui a Haití, cuando el MAS, el MST y el PTS, se negaron a levantar –así fuera en la propaganda– la necesidad de la lucha por derrocar a Cedrás, para poder enfrentar con posibilidades de éxito la invasión yanqui. Todos se colocaron “en el campo militar de Haití”, que era el campo de… Cedrás, un vulgar aliado del imperialismo que pactó la entrada pacífica de la soldadesca yanqui.
El nacionalismo burgués, como expresión de una realidad material determinada, ha muerto, llevándose a la sepultura no sólo a la burocracia sindical que vivía de la conciliación, sino a toda la izquierda que ató su suerte –y aún sigue ideológicamente ligada– a la del nacionalismo burgués.
Esa es una de las causas profundas de la crisis de la izquierda argentina y su creciente marginalidad y no sólo la crisis de la izquierda mundial (que no parece afectar demasiado a la “izquierda” de nuestros vecinos, cualquiera sea nuestra pésima opinión sobre ella).
Encarar la reconstrucción de la izquierda revolucionaria, incluye reconocer este hecho y romper con una historia que ya ha tenido su epílogo. Al mismo tiempo hay que trabajar, desde las luchas, desde la propaganda, desde la pelea teórica y programática, para formar en el marxismo revolucionario a una vanguardia proletaria en la conciencia de la implacable guerra de clases y no de la conciliación intereses irreconciliables. Sin esta tarea imprescindible será imposible parar sobre los pies a la izquierda revolucionaria y se tirarán a la basura 50 años de riquísima experiencia realizada por la vanguardia obrera.