ESTATISMO, PERONISMO y NACIONALISMO, por Jorge Guidobono

Uno de los grandes logros que intenta presentar el peronismo “histórico” –y aunque con críticas parciales– el grueso de la izquierda, es la política de nacionalizaciones de ferrocarriles, la compañía del gas, etc., adoptada en la primera presidencia de Perón.

No quiero detenerme en el colosal negociado que significaron estas nacionalizaciones de material obsoleto pagado a precio de oro –literalmente– a Inglaterra. En relación a ello me remito a los trabajos de Milcíades Peña en Fichas y en su polémica con Abelardo Ramos, así como a toda la bibliografía marxista al respecto.

Sí me quiero detener en dos aspectos: el carácter funcional que tienen las estatizaciones o privatizaciones para la acumulación de capital y, también, si la suma de estatizaciones constituye algún cambio de tipo cualitativo en una sociedad y en un estado.

El gobierno burgués es el comité ejecutivo de la clase dominante, al decir de Marx y, en consecuencia, fue estatizante, por ejemplo en la Argentina, cuando la burguesía no disponía de los capitales para hacerse cargo de determinados servicios y fletes y necesitaba abaratarlos para el desarrollo de sus negocios. Además, toda la burguesía nacional y extranjera realizó un fabulosa acumulación de capital al venderle a cualquier precio sus productos a las empresas estatales. La estafa de la ITT (Standard Electric) a ENTel, dispuesta mediante la propia resolución de nacionalización que garantizó a la multinacional el monopolio en la provisión de aparatos, cables, etc., a precios exorbitantes, es un ejemplo entre miles.

Hoy, monopolios nacionales e imperialistas se encuentran a la caza del llamado “negocio del siglo” de comprar por papeles devaluados de la deuda el grueso de las empresas, teniendo las manos libres para operar un saqueo en regla, naturalmente autorizado por el propio estado. Las superganancias de Telefónica y Telecom son un mero ejemplo de ello, al igual que las del petróleo con el desguace de la vieja YPF entre varios pulpos imperialistas, más los Pérez Companc y otros “argentinos”, todos entrelazados y mezclados.

Ninguna de esas empresas fueron jamás “nuestras”, como sostiene reiteradamente por ejemplo el MST, sino que fueron y son de la burguesía y su estado. No nos interesa hacer predicciones sino reiterar lo que demuestra la experiencia histórica y el análisis marxista: nada garantiza que en un futuro el grueso de la burguesía no vuelva a hacerse “estatista” y venda de nuevo a precio de oro las empresas entonces obsoletas –como hizo en la Europa de la segunda posguerra– o porque haya encontrado en otros renglones la posibilidad de aumentar la tasa de ganancia. El estatismo es una política burguesa más, no la más de “izquierda”, casi la antesala del “socialismo” en un país como se quiso hacer creer “olvidando” el carácter de clase del estado.

Y esto lleva al segundo problema: si la multiplicación de las estatizaciones puede modificar el carácter burgués del estado.

El cambio del carácter de clase de un estado depende de que una revolución destruya al viejo orden político e instaure uno nuevo, opuesto; en este caso, proletario, socialista e internacionalista.

Sin este requisito cualquier multiplicación de las estatizaciones no será más que la forma que adopte la acumulación capitalista de una “burguesía burocrática” desarrollada bajo el alero del estado burgués, hasta que tenga capacidad de vuelo propio y se libere de este relativo tutelaje. El caso de Egipto, donde estaba nacionalizado más del 90% de la industria, los bancos y el comercio exterior llevó a numerosos marxistas, Mandel y Posadas entre otros, a buscar nuevas denominaciones y categorías, como “estado revolucionario” u otras.

Estas ideologías fueron parte de la búsqueda de “atajos” en el camino de la revolución obrera y socialista dirigida por un partido leninista para llegar supuestamente a un “socialismo” particular… es decir burgués y opuesto al socialismo proletario. Desgraciadamente, Egipto no fue el único caso ni Nasser el único espejismo: hubo muchos más en América latina, Asia y Africa con el mismo resultado. Ningún otro logro puede obtenerse al someterse al estado burgués y considerarlo una entidad superior, distinta de la clase que representa y en nombre de cuyos intereses gobierna.

J. G.

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