Lecciones del Pasado de Cara al Futuro, por Jorge Guidobono
1 Existe una interrelación dialéctica entre: la clase obrera y su comportamiento como tal en la lucha; su experiencia social y política; sus tradiciones y peculiaridades; y el partido revolucionario y sus características.
Es erróneo adjudicar meramente los problemas de la clase obrera sólo a su dirección –si bien el rol de ésta es vital, máxime en los momentos decisivos–.
Igualmente erróneo es despreciar el rol de las direcciones tradicionales en cuanto han colaborado a forjar una conciencia labrada sobre la conciliación de clases y la confianza en distintos sectores burgueses y su estado.
Hay un ida y vuelta entre la clase trabajadora, su nivel de lucha, su experiencia y conciencia, y su dirección tradicional. En el caso de la Argentina, esto estuvo signado durante décadas por el peronismo. (Circunstancias peculiares, hace medio siglo, posibilitaron a la burguesía hacer importantes concesiones a los trabajadores, y anclar la conciencia obrera a la clase dominante, y los sindicatos al estado.)
Los distintos sacudones históricos –sobre todo la última y más importante contrarrevolución de 1976–, si bien minaron los cimientos materiales del edificio de la conciliación de clases, incluida la conciencia obrera, no demolieron el edificio. Tampoco en el futuro este edificio caerá como mero subproducto de la evolución de las condiciones materiales, sin que medie la acción coherente, sistemática, paciente y justa del partido revolucionario.
Trotsky solía decir que son necesarias grandes sacudidas históricas para que la clase obrera rompa con el partido con el que despertó a la actividad y la vida política: esas grandes sacudidas son, en lo fundamental, las guerras y las revoluciones. Y agregaba que en esos procesos de brusco viraje de la clase obrera, o de sus destacamentos más avanzados, hacia posiciones revolucionarias, es imprescindible la existencia previa de un grupo de revolucionarios serio, capaz de orientarse en condiciones muy difíciles y que no se mareara con la represión. Coincidimos enteramente con esta apreciación general.
2 Las condiciones para la revolución y el socialismo son, en primer lugar, objetivas, materiales. En ese terreno es cada vez más aguda la contradicción entre el colosal desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción con todas sus lacras.
Pero la necesaria maduración de las condiciones objetivas para la revolución socialista internacional son de por sí completamente insuficientes para su triunfo. Deben ser acompañadas por el desarrollo de la subjetividad revolucionaria, la conciencia y organización de los explotados y de sus destacamentos de avanzada.
La revolución como proceso objetivo a secas no puede triunfar, sólo puede imponer conquistas pasajeras. Se necesita organización social y política de los trabajadores, y un partido revolucionario internacionalista que conduzca a la instauración del poder revolucionario de la clase obrera y los explotados. La revolución socialista internacional no puede ser otra cosa que construcción consciente del grueso de la clase obrera y los explotados y de su vanguardia organizada en partido socialista internacional.
Las condiciones objetivas maduran –e incluso se descomponen en sectores– y sientan bases materiales más que suficientes para desarrollar la subjetividad revolucionaria, a condición de no ser presa de los vaivenes en el estado de ánimo de la opinión pública pequeñoburguesa democratera. De la admiración por los logros, supuestos y reales, del stalinismo y el socialismo en un solo país, pasó hoy a ser cultora del posibilismo, la democracia burguesa y sus estrechos límites. Abandonó una mochila que le resultó demasiado pesada frente a los embates ideológicos de la propaganda imperialista- capitalista. Y esto en momentos en que precisamente el imperialismo tiene que esconder cada vez más el rabo, por un lado por su propia crisis que sacó a la luz la irrealidad del sueño neoliberal y, por el otro, porque hay luchas importantes que han transformado la supuesta victoria final del capitalismo en una carrera llena de obstáculos. Francia, Albania, Estados Unidos, Corea, Indonesia, son algunos de ellos.
Estos cambios objetivos, significan también el virtual desmantelamiento de las organizaciones tradicionales de la clase obrera, lo cual, en lo inmediato, crea desconcierto. Esto, unido a un inédito ejército de desocupados, experiencia desconocida en la Argentina, hace más compleja la lucha de clases, y otorga amplias ventajas al enemigo de clase.
El reagrupamiento de los revolucionarios –con las formas organizativas que sea– en la perspectiva de avanzar hacia un partido revolucionario común, debe tomar en cuenta esta realidad, para ver su dinámica y no sólo su fotografía.
Hay que enfrentar la realidad tal cual es, sin pretender inventar en ella lo que desde hace décadas no existe: grandes luchas obreras de tipo prerrevolucionario o similares. Persistir en ello no hará más que repetir, con menos ruido, el mismo camino que, por ejemplo, transitamos en el MAS hace casi una década.
Ese tipo de práctica, que choca cotidianamente con la realidad de la lucha de clases y de la conciencia de los trabajadores, sólo puede mantenerse en el tiempo mediante prácticas burocráticas que intenten filtrar la luz de la realidad para que sólo penetren de ella los escasos rayos que alimenten la política oficial.
3 No renegamos de nuestra historia ni de la de nuestra generación: intentamos aprender de ella. Por eso somos contrarios a transformarla en un mito. La subjetividad revolucionaria está condicionada por las leyes objetivas y las necesidades sociales. Si no responde a ellas, choca con un muro infranqueable.
La subjetividad revolucionaria es un elemento imprescindible como construcción consciente de acuerdo con los principios más generales de la historia (por ejemplo, que la historia la hacen las clases y no los individuos, por más importantes que éstos puedan ser).
Si no se parte de esta base materialista, la mayor subjetividad revolucionaria de una minoría, por importante que sea, por abnegados que sean sus militantes, está destinada a la frustración y al fracaso. Y la historia ya tiene dos siglos de enseñanzas desde “la conspiración de los iguales” de Babeuf, pasando por Blanqui, los narodniqui rusos, los anarquistas o el foquismo latinoamericano de los ’60 y ’70.
Muchos militantes se jugaron honestamente durante décadas a los caminos trazados por el stalinismo, la socialdemocracia y el nacionalismo burgués. En cualquiera de los casos, y al margen de las diferencias entre quien se juega la vida y quien calienta una silla en el parlamento o en un sindicato, el común denominador de los luchadores era que su subjetividad revolucionaria estaba condenada a chocar con las leyes más generales de la lucha de clases, sea por sustituismo, por reformismo o por impotencia pequeñoburguesa o burguesa frente al imperialismo mundial.
4 El paternalismo sustituista y aparaticista entre los revolucionarios de los ’60 y ’70 se expresó tanto en el sindicalismo- parlamentario como en el foquismo (en algunos casos, ambas se combinaron).
Las distintas ideologías de esos tiempos, estaban teñidas por el nacionalismo burgués y su sombra pequeñoburguesa.
En la Argentina es elocuente que el grueso de la izquierda haya reivindicado (y en muchos casos lo siga haciendo) programas como los de Huerta Grande, La Falda o CGT de los Argentinos. Básicamente todos fueron programas del nacionalismo burgués radical, pero no de ruptura con la burguesía ni de destrucción revolucionaria del estado burgués para imponer el poder obrero y popular.
La clase obrera tenía conciencia sindical, de clase en sí, pero una conciencia política burguesa atada al estado capitalista, en los que de una forma u otra, confiaba (sea mediante el crédito en los dirigentes sindicales, los cuerpos orgánicos y todo el aparato ligado al estado, y/o las distintas fracciones burguesas y del ejército). Sólo se proponía imponer “mejoras”. Pero carecía en absoluto de la conciencia de la elemental verdad de que su liberación sólo podría ser obra de sí misma y no de ningún burgués. Por eso la política de la clase obrera y sus expresiones de vanguardia, desde 1945, fue siempre de presión, comúnmente en Plaza de Mayo, y terminó lamentando que “el turco nos cagó”.
Esto no es sólo un producto de la contrarrevolución de 1976/83 y sus secuelas: es previo y abarca a buena parte de la vanguardia de los ’60/’70, por mucho que esto duela a los cultores de “los gloriosos ’70”.
En efecto, mientras una vanguardia importante pero pequeña, discutía si guerra prolongada, guerrilla, insurrección y un largo etcétera, el grueso de los obreros razonaba simplemente: “cuando vuelva el general, arregla todo”. O sea, había un divorcio casi esquizofrénico entre el activismo de izquierda y la base obrera peronista que confiaba en Perón.
Eso se expresó también claramente en las organizaciones armadas peronistas y su simbología (desde el nombre de Montoneros hasta Evita como emblema); y también en quienes se reclamaban claramente de izquierda como el PRT-ERP, o el PC, que reivindicaban por igual, así sea por distintos motivos, a la figura del Gral. San Martín y al himno nacional como propio.
5 La maduración de las condiciones objetivas e incluso el comienzo del irrumpir revolucionario en el accionar de los explotados es independiente de nuestra voluntad. La revolución no comienza porque millones tienen conciencia de su necesidad; comienza porque millones no pueden seguir viviendo así, saben lo que no quieren ni soportan más, a pesar de no saber con qué sustituir el viejo orden.
Para ayudar a esa búsqueda y soldar la síntesis entre conciencia y acción es imprescindible la intervención del partido leninista de combate. Es en esos momentos en que el partido revolucionario está sujeto a la más rigurosa de las pruebas.
Es una prueba tan breve como intensa, pero siempre por un corto período, de unos meses o años. Porque la inmensa tensión que significa una revolución no puede coexistir por lapsos relativamente prolongados en la sociedad; ésta necesita un timón, un orden: el revolucionario o el burgués más o menos normal. Y cualquiera de los dos significa aplastar al enemigo. Es para estas batallas que debe prepararse y tensar sus fuerzas cualquier partido revolucionario real y que no sea un grupo de charlatanes.
6 Estamos viviendo la época histórica de crisis, guerras y revoluciones abierta en 1914 y 1917.
En contra de los augurios de los exégetas del capitalismo ello cobra particular relieve en el fin del siglo.
El largo paréntesis que significó el boom de la segunda posguerra y el apogeo del stalinismo en el movimiento obrero, está tocando a su fin en todo sentido.
El movimiento obrero y revolucionario entra a esta nueva fase con grandes insuficiencias y también con deformaciones provenientes de la etapa pasada. Los desafíos son inmensos y hoy las fuerzas son escasas y dispersas. Se está abriendo un nuevo período, con inmensos desafíos, al que entramos con un bagaje escaso de fuerza organizada a nivel mundial. Se terminó el tiempo de las falsas ilusiones que sólo podían culminar en la forma vergonzosa en que lo hicieron (stalinismo, socialdemocracia, nacionalismo, foquismo).
Se trata, en primer lugar, de intentar optimizar esos recursos avanzando en el reagrupamiento y la coordinación paciente entre los revolucionarios proletarios, en el país y en el mundo. Aprendiendo de nuestros errores del pasado para no volver a cometerlos, pero no quedándonos mirando hacia atrás, porque terminaríamos como la mujer de Lot convertida en estatua de sal.
La construcción partidaria es tarea presente en todo momento: de flujo, reflujo o estabilidad. Se lo hace utilizando todas las tácticas (sindicales, electorales, organizativas, etc.), en una adaptación creadora de la experiencia de los bolcheviques rusos y de la historia de los revolucionarios del siglo.
Sabemos que tenemos que reconstruir o refundar el partido socialista revolucionario e internacional. No tenemos la ingenuidad de creer que ya no habrá barreras entre el movimiento obrero y los revolucionarios socialistas: pero sí estamos convencidos de que ellas serán mil veces más débiles que las que se derrumbaron (como el stalinismo y el nacionalismo). Sabemos que se intenta crear nuevos canales de desvío, como lo hace la iglesia por ejemplo, pero confiamos, en primer lugar, en que el desarrollo de la lucha de clases facilite su superación. Esperamos haber aprendido de toda nuestra historia, desde la revolución rusa hasta hoy, para poder actuar de la mejor forma posible, cometiendo la menor cantidad de errores y, sobre todo, teniendo un régimen interno partidario lo suficientemente democrático y sano, que permita corregir lo más rápido posible los errores que, lógicamente, cometeremos en la gigantesca tarea de pasar de la prehistoria de la sociedad de clases a la historia y a la sociedad de transición hacia la desaparición de las mismas.
J. GUIDOBONO