A 25 años del RODRIGAZO, por L. Rubiales

La jornada del 27 de junio de 1975, conocida como “Rodrigazo”, marcó un hito en los últimos cincuenta años de historia de la lucha y la organización del movimiento obrero: fue el primer paro general que enfrentó a un gobierno peronista. Menos de un año atrás, el general Perón fallecía un 1° de julio, dejando cuidadosamente armada su sucesión política. Pasó a gobernar el país su mujer, la vicepresidenta Isabel Perón. Se había impuesto el “estado de sitio” y alrededor de 1.500 presos estaban “a disposición del Poder Ejecutivo” sin causa ni proceso abierto. Entre ellos, el dirigente montonero Talento y los dirigentes obreros Raimundo Ongaro (gráficos) y Alberto Piccinini (UOM). En junio del ’75, medidas de fuerza acompañaban todos los gremios la discusión de los convenios colectivos de trabajo, que logran imponer aumentos salariales de hasta el 200% para contrarrestar los efectos de una inflación galopante. Ante la negativa del gobierno a homologarlos, la CGT llama sorpresivamente al paro el 27 de junio, con una imponente concentración en la Plaza de Mayo. El forcejeo llegaría hasta el llamado a paro de 48 horas para el 7 y 8 de julio, con amenaza de extenderse por tiempo indeterminado. A las 36 horas el gobierno homologa los convenios. El 11 y el 18 de julio, respectivamente, caen los ministros de Bienestar Social, José López Rega, y de Economía, Celestino Rodrigo. Una vorágine de acontecimientos fue abonando el terreno que finalmen adura militar más sangrienta que conoció el país, entre marzo de 1976 y octubre de 1983.


Ya con Perón vivo, el Partido Justicialista (PJ) empezó a transformarse, a ojos de quien quisiera verlo, en un enemigo mortal (sin eufemismos) de los trabajadores.

La muestra más elocuente estuvo dada en el mismo día que el regreso de Perón, después de 18 años de proscripción y exilio, era esperado por una multitud de seguidores que se movilizaron a pie y sortearon todo tipo de obstáculos para recibirlo en Ezeiza. Se decía que era necesario rodear de apoyo popular el regreso del General, porque la “ultraderecha” preparaba un atentado. Lo cierto es que los manifestantes fueron recibidos con una lluvia de plomo, disparada bajo las órdenes del entonces teniente coronel Osinde, con el mudo beneplácito de Perón. Y constituyeron la primera gran masacre.

Ya con Perón en el gobierno, inició su accionar la llamada Triple A (Asociación Anticomunista Argentina), dirigida por José López Rega desde su bunker en el Ministerio de Bienestar Social. La burocracia sindical se apoyó en ella para “limpiar” los sindicatos de molestos opositores de izquierda; siempre al grito de “Ni yanquis ni marxistas: ¡peronistas!”. El 29 de mayo de 1974, en el quinto aniversario del “Cordobazo” atentaron contra un local del PST (Partido Socialista de los Trabajadores), en el que fueron asesinados tres militantes. El episodio se conoció como “La masacre de Pacheco”, y con él se inauguró una ola de violencia sistemática e ininterrumpida. Como parte de ella fue asesinado, poco más de un mes después, el diputado Ortega Peña y encarceladas más de cien personas que concurrieron a su funeral, la mayoría de las cuales fue asesinada en los meses posteriores.

El triunfo económico que lograron los trabajadores en las jornadas del “Rodrigazo”, se transformó en una derrota relativa al ser muy rápidamente absorbidos por la inflación los aumentos salariales que se vieron obligados a reconocer tanto las patronales como el gobierno. Ya en agosto, los trabajadores se vieron obligados a volver a la lucha.

Pero desde un punto de vista político, puede decirse que el “Rodrigazo” dejó herido de muerte al gobierno de Isabel Perón e Italo Luder (presidente de la Cámara de Senadores, por lo que ejercía la vicepresidencia de la Nación). Su agonía, lejos de abrir el terreno al progreso de los trabajadores, allanó el camino hacia el golpe de Estado. Las patronales hicieron lo que quisieron; practicaron metódicamente el desabastecimiento como forma de presionar sobre precios y salarios, que fueron devorados por una inflación desenfrenada. Las Tres A siguieron con su accionar pero, obligado López Rega a renunciar a su cargo en el mes de julio, a partir de noviembre la violencia se institucionalizó con la formal incorporación de las Fuerzas Armadas en la represión interna (con el llamado “Operativo Independencia” en Tucumán). Poco después, Luder emitía el decreto que les ordenaba “aniquilar la subversión”. En diciembre los uniformados hacen un ensayo golpista mediante el copamiento del Aeroparque de Morón por el brigadier Capellini. El 16 de febrero del ’76, un poderoso lock out patronal pone un altavoz para el llamado al golpe de Estado. Por otro lado, el crimen político instalado como un hecho cotidiano desde los tiempos del gobierno de Perón y su continuidad en Isabel, fueron anestesiando a la opinión pública ante la violencia diaria y, así, buena parte del país (incluyendo amplias franjas de trabajadores) “respiró” aliviado con el golpe de Estado.

Muchos de los mismos personajes que hoy dirigen el “operativo Moyano”, con Lorenzo Miguel a la cabeza, nada hicieron para enfrentar el golpe (aun pese a que a algunos les costó varios años en prisión).

La sangrienta dictadura militar vino a abrir un prolongado paréntesis en el proceso de ruptura que empezaba a esbozarse entre amplias franjas de la clase obrera, con el partido que había sido su dirección política en los últimos treinta años, el PJ.


Después de la dictadura

Esa incipiente ruptura, tuvo una contundente expresión electoral cuando, en 1983, el PJ pierde “por paliza” a escala nacional e incluso pierde en su tradicional bastión, la provincia de Buenos Aires.

El grueso de las corrientes de la izquierda (por ejemplo el PC, el PCR-PTP y VC-PL) se subieron en aquel entonces al carro fúnebre del PJ, presas de su  caracterización de que lo dominante en el justicialismo era su base obrera, y no su política patronal. El derrotado PJ no hizo más que continuar –él también– el rumbo que había sido cortado por el golpe, y Luder (el candidato a presidente en 1983) no vaciló en comprometerse a aceptar la ley de autoamnistía para los militares. Así, la UCR y Alfonsín, tuvieron su momento de gloria, poniendo el foco de su campaña en la denuncia de un “pacto sindical militar” orquestado por el PJ y su candidato presidencial.

Nada de esto significa que un partido como el PJ, por más que entrara en una profunda crisis, no tuviese mecanismos de recomposición. ¡Y vaya si los tuvo! Para “zafar” de su ignominiosa derrota, se inició un proceso interno que se conoció con el nombre de “Renovación Peronista”, liderado por Antonio Cafiero, al que se sumó Carlos Menem cuando vislumbró que era esa corriente interna la que podía catapultarlo al gobierno. Su look folclórico y un discurso “antiaparato” contribuyeron a su triunfo en la interna del ’88.

A partir de allí, su campaña populista-nacionalista, que prometía “recuperar Malvinas a sangre y fuego”, dar un “salariazo” y hacer la “revolución productiva”, dieron oxígeno a un PJ decrépito –totalmente asimilado al mercado mundial de las multinacionales–, sobre la base de intentar recuperar la llamada “mística peronista”.

Aun cuando se hubiesen agotado las bases materiales que le dieron fortaleza en su origen (1), el PJ pudo encontrar formas de sobrevivirse a sí mismo explotando sus viejos símbolos, hoy vacíos de todo contenido.

Como otro elemento que posibilitó su resurgimiento, digamos que la izquierda nunca pudo zanjar la disociación entre su discurso acorde con las necesidades históricas de las masas, y su incapacidad para comprender el estado de conciencia presente de las mismas. La “táctica” casi permanente del grueso de la izquierda, fue “sumarse” a los prejuicios más atrasados de la conciencia obrera, en lugar de batallar sobre ella demostrando, día tras día, las contradicciones profundas que mueven a la sociedad, a las clases sociales y a sus partidos.

Este  fenómeno  no  fue  sólo un subproducto de la contrarrevolución de 1976-1983, sino que abarca también a buena parte de la vanguardia de los ’60/’70. “En efecto, mientras una vanguardia importante pero pequeña, discutía si guerra prolongada, guerrilla, insurrección y un largo etcétera, el grueso de los obreros razonaba  simplemente: ‘cuando vuelva el General, arregla todo’. O sea, había un divorcio casi esquizofrénico entre el activismo de izquierda y la base obrera peronista que confiaba en Perón. Eso se expresó también en las organizaciones armadas peronistas y su simbología (desde el nombre de Montoneros hasta Evita como emblema); y también en quienes se reclamaban claramente de izquierda (como el PRT-ERP o el PC), que reivindicaban por igual –así fuese por distintos motivos– a la figura del general San Martín y al himno nacional como propios” (2).


El menemismo cierra el círculo

En 1989 Menem se impone en las elecciones y pasa a absorber, a partir de allí y de su decidida acción de gobierno, a las fuerzas “neoliberales”-conservadoras alineadas en la UCeDé. La historia reciente nos muestra una reafirmación de ese fenómeno: De la Sota gana en Córdoba apoyado por la UCeDé y Ruckauf conquista la provincia de Buenos Aires con los votos de Cavallo. Al mismo tiempo, todos ellos apoyan la candidatura de Cavallo a escala nacional. Y el peronismo sufre una descomunal derrota electoral, no ya por los eslogans políticos esPeculativos tras siete años de dictadura, sino después de la experiencia concreta de los trabajadores con diez años de gobierno peronista.

En esta era de brutal crisis económica capitalista, no quedan márgenes de acción para el populismo-nacionalista. Quienes intentan “volver al ’45” –al margen de sus más o menos honestas intenciones– están condenados a reconvertirse en variables del sistema dominante. Así le ocurrió al Frepaso (que tiene su origen en el “Grupo de los Ocho” diputados peronistas disidentes del menemismo), con “Chacho” Álvarez a la cabeza. En su táctica para acceder al poder, fue rápidamente absorbido por la estructura política de la UCR que, por más golpeada que saliese del “Pacto de Olivos”, expresa a una corriente política patronal con raigambre en la historia (no en vano cumplió ciento once años). Y no como el PJ, surgido de un efímero episodio en la historia del país, íntimamente vinculado con una coyuntura excepcional de bonanza económica.


25 años después: ¿algo nuevo bajo el sol?

Hoy, ante la “oposición” acaudillada por Moyano al despiadado ajuste impuesto por el FMI y los grandes   monopolios transnacionales, ejecutado por el gobierno aliancista, grandes sectores dentro de la atomizada izquierda, creen ver el surgimiento de un nuevo fenómeno político que pueda ser un paso en el camino hacia la independencia de clase del movimiento obrero. La iglesia católica, nunca desprevenida, mueve también sus piezas en el tablero donde se desenvuelve la lucha de clases; y mucho se habla acerca de la posibilidad de articular un proyecto político al estilo del laborismo británico o del PT brasileño [ver nota de página 7] ante el espacio vacante dejado por el corrimiento “a la derecha” del peronismo y de la llamada “centroizquierda”.  

Sin embargo, lejos de estar ante “nuevos fenómenos”, estamos ante muy viejos conocidos. El “opositor” Moyano es uno de los jóvenes de la “derechista” JSP (Juventud Sindical Peronista) dirigida por el ultraderechista sucesor de Vandor, José Antonio Rucci, jefe de la CGT en los años ’70. El mentor de todos sus pasos, desde el MTA hasta la movilización del 31 de mayo y el paro general del 9 de junio, ha sido el eterno Lorenzo Miguel, el principal artífice de “el Rodrigazo”. Y es emblemática la participación de Aldo Rico y Luis Patti en la movilización convocada por Moyano.

En estos días, signados por la crisis capitalista, incluida la de la burocracia sindical peronista y la del PJ posmenemista, están dadas las condiciones objetivas para una intervención decidida en el movimiento de masas en pos de ofrecer la única alternativa realista frente al abismo que se les ofrece: una alternativa anticapitalista y socialista, necesariamente internacionalista en el actual estadio de internacionalización del capital.

Se trata de una batalla en el terreno de la conciencia obrera, que no se resuelve sólo por la objetiva crisis del enemigo. Tampoco depende exclusivamente del mayor o menor grado de lucha que presenten los explotados, sino que requiere de la intervención consciente de la militancia del socialismo revolucionario.

Si no hay un cambio en la conciencia de franjas de masas (y de sus elementos de vanguardia), los Moyano-Lorenzo Miguel serán quienes sigan dirigiendo sus luchas. Y se marchará hacia un destino anunciado que, si no transita los carriles de las dictaduras de uniforme, lo hará por los de los “ajustes permanentes” de una “democracia” cada vez más totalitaria, uniformada en el fascistizante mensaje emanado de los monopolizados medios de comunicación, y custodiada por grupos de elite y fuerzas de intervención imperialista.

Los explotados de la Argentina y Latinoamérica tienen por delante ese destino por vencer. Las actuales condiciones de explotación, lejos de posibilitar un inviable camino de presiones para arrancar algunas migajas de las superganancias capitalistas, sólo dejan abierto el sendero para un cambio revolucionario de la sociedad.

L. RUBIALES

(1) Su estrecho vínculo con la clase obrera en los años ’40 gracias a las inmensas concesiones que posibilitaba una situación económica excepcional como producto de la ubicación de la Argentina en el contexto de la Segunda Guerra. (N. del A.)

(2) Jorge Guidobono, “Lecciones del pasado de cara al futuro”. Bandera Roja Nº 35, 29/7/98, pág. 2. Cabe destacar que el PST , fue la única corriente obrera que se “plantó” frente a Perón expresando su política en la consigna “No vote patrones ni generales, vote candidatos obreros”. Esto no significa, sin embargo, que pudiese soldar por esta vía su relación con amplios sectores de vanguardia del movimiento de masas, que se alineaba mayoritariamente en las distintas variantes del llamado “peronismo de izquierda”. (N. del A.)

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