Breve marco político, peronismo y estatización de los sindicatos
Partimos de entender que todos los sucesos históricos de la lucha de clases que se dieron en el mundo en el último siglo, estuvieron condicionados por el enfrentamiento entre los sectores burgueses de los países imperialistas, producto del desarrollo desigual y expansionista del modo de producción capitalista y la disputa de nuevos mercados.
Enfrentamientos que desencadenaron la peor catástrofe vivida por la humanidad hasta ese momento, las dos guerras mundiales, con terribles consecuencias para las masas y los proletariados del mundo. La primera dio origen a una etapa de insurrecciones obreras cuyo punto más alto es la revolución rusa de 1917, que catapultó al proletariado al poder abriendo una etapa de ascenso revolucionario mundial y, en contraposición, el surgimiento del fascismo como expresión contrarrevolucionaria. Con el fin de la segunda guerra mundial se produce el reacomodamiento de un nuevo orden mundial, del cual EEUU y la URSS emergen como las nuevas potencias mundiales, dividiendo zonas de influencia desde los acuerdo de Yalta y Potsdam.
En América Latina, desde la crisis del 30 hasta finales de la guerra, las burguesías locales se debaten entre penetración imperialista de EEUU y el retiro de Inglaterra como potencia colonial; de ahí que sectores de las burguesías autóctonas vieron la posibilidad de disputarle una cuota de plusvalía al imperialismo naciente y de contener el avance del comunismo en la región, lo que dio origen al surgimiento de corrientes nacionalistas burguesas, el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil, el MNR en Bolivia, el PRI de Cárdenas en México, el Apra en Perú, etc.
Sindicalismo y peronismo
Podemos definir que la clase obrera Argentina se encuentra enmarañada en una gran contradicción, por tener una alta conciencia sindical, por un lado, y adherir a una ideología burguesa de conciliación de clases, por otro. Esto es así desde la llegada del peronismo al poder, que desde el primer gobierno supo combinar importantes concesiones a los asalariados y anclar su conciencia y los sindicatos detrás de un proyecto de nacionalismo burgués, que luego se fue modificando al ritmo del cambio estructural de la dependiente burguesía local y su inserción e incorporación en el desarrollo capitalista internacional e imperialista. Un claro ejemplo de dicho giro fue el gobierno de Menem y el rol de acompañamiento de la burocracia sindical peronista en la implementación de políticas de ajuste neoliberal, que la dictadura no logró terminar, y que Menem lo hizo con el apoyo de la mayoría de los trabajadores.(1)
Este hecho contrasta con el enorme protagonismo que el movimiento obrero tuvo en la lucha de clases en Argentina, con jornadas históricas, huelgas, tomas de fábricas, movilizaciones y enfrentamientos con las fuerzas represivas, donde la Semana Trágica, la resistencia a “la libertadora” luego del golpe del 55 y el Cordobazo, son hitos en la historia del movimiento obrero argentino.
En sus inicios, de fuerte origen inmigrante y en esencia internacionalista, con fuerte protagonismo anarquista y socialista da lugar a la fundación de asociaciones obreras que se constituían cuando surgía un conflicto, embriones de organizaciones sindicales de sesgo clasista. Luego, como consecuencia del cimbronazo mundial por la revolución rusa, el anarquismo va perdiendo peso y el Partido Socialista sufre la escisión del Partido Socialista Internacionalista, más adelante comunismo, aunque ya atado a la política de Stalin de Frente Popular contra el fascismo que lo llevó a entregar huelga tras huelga, sembrando desmoralización en los trabajadores, situación que sería luego aprovechada plenamente por Perón.
Cuando estalla el golpe del 43 el movimiento obrero estaba dividido, la CGT n°1 de carácter apolítica y la CGT n° 2 dominada por socialistas y stalinistas además de organizaciones autónomas que no respondían a ninguna central. Si bien los conflictos no habían cesado, estos se planteaban en el marco de meras reivindicaciones económicas, sin planteos políticos y mucho menos de clase.
La burguesía argentina se debatía entre las relaciones históricas con el imperialismo Inglés en decadencia y el imperialismo Yanqui en plena ofensiva. Esta contradicción se reflejaba en todas las instituciones del país y también entre los golpistas, que tras una serie de confabulaciones palaciegas comienza a perfilarse como sector dominante el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) y entre estos el Coronel Perón. Éste, supo capitalizar el sentimiento antiyanqui de un sector de los militares y de la burguesía, e intentan resistir las presiones del imperialismo a que se rompa relaciones con el Eje, hecho que ocurre a finales de la guerra.
Según Trotsky, en países dependientes con burguesías débiles, éstas buscan una alianza con el proletariado para enfrentar al imperialismo, y es lo que hizo Perón desde la Secretaría de Trabajo. Apoyándose en la CGT n° 1 impulsa la sindicalización masiva, establece y amplia a todas las ramas una enorme serie de reivindicaciones laborales, el aguinaldo y las vacaciones entre ellas, y la unificación en una sola central obrera; su política no es confrontar a fondo, sino negociar con cierta independencia.
Lo que ocurre luego es que el imperialismo yanqui necesita contar con gobiernos incondicionales, en la región y una burguesía enfurecida con las últimas medidas en favor de los asalariados, deciden junto a sectores militares yancófilos encarcelar a Perón, desencadenando los sucesos del 17 de octubre de l945 por todos conocidos, que allana el camino a la posterior derrota transitoria del imperialismo yanqui en las elecciones de febrero de 1946, ante un Frente Nacionalista Burgués, que logró arrastrar tras de sí a la clase obrera.
El imperialismo Inglés -que intenta una retirada mas atenuada- apoyó el triunfo de Perón, junto a importantes sectores ganaderos conservadores y sectores más a regañadientes la patronal antiyanqui. También un sector minoritario de radicales, que veían en Perón el continuador de Yrigoyen, corrientes nacionalistas de extrema derecha entusiastas de ver en Perón un Musolini y la Iglesia Católica. Pero la base fundamental fue dada por el Partido Laborista formado en octubre de 1945 con el apoyo de la mayoría de los dirigentes sindicales de la CGT y sus delegaciones regionales más nuevos sindicatos creados desde la secretaría de trabajo.
Del lado del armado imperialista se ubicaron los grandes industriales y terratenientes necesitados de máquinas y equipos que EEUU ofrecía abastecer, los trust cerealeros, la Unión Industrial y la embajada norteamericana. Una alianza constituida por el Partido Radical, el Socialista, Comunistas, Demócrata Progresista, conformaron la Unión Democrática.
El 24 de Febrero de 1946 se realizan las elecciones; el peronismo, con el apoyo masivo de la clase trabajadora y de sectores populares se alza con el triunfo, iniciando así una nueva etapa en el país con la incorporación de la clase trabajadora y sectores populares en la escena política.
Es que cuando el país pasó a tener, definitivamente, otro modelo de acumulación capitalista, a semiindustrializarse y crecer (proceso que ya había comenzado antes) el número de la clase obrera no solo “creció”, sino que se multiplicó varias veces y se diversificó a numerosas ramas nuevas. Era inevitable, con ello, que también quedara caduco el viejo modelo sindical (más allá de sus desprestigiadas conducciones socialistas y stalinistas).
Bajo el peronismo, al tiempo que se creaban nuevas ramas incorporando miles y miles de nuevos trabajadores al mundo del trabajo, se creaban también los sindicatos que representarían a esos trabajadores. Bajo las doctrina ideológica de “justicia social”, “independencia económica”, “soberanía política”, se modificaba casi radicalmente el mundo del trabajo y las condiciones de toda la clase obrera, y los sindicatos pasaron de ser 356, en 1941, a 969 en 1945. O sea, en cuatro años se triplicaron, lo que hizo que en pocos años más también lo hiciera el número de obreros que se iban afiliando a ellos, pasando de 441.000 afiliados en 1941 a 1.500.000 en 1947, y a 3 millones en 1951 (Ernesto González, “Ascenso y caída del peronismo”). No existía más la Argentina de cinco años atrás, ahora se estaba produciendo una transformación de calidad y de cantidad de la estructura económica y social que el propio estado impulsaba, al punto de que no sería equivocado decir que fue éste quien dio nacimiento e identidad a una “nueva clase obrera”, en su mayoría “virgen” de experiencia sindical y extraña a las viejas conducciones.(2)
Por eso es que el peronismo no solo estatizó a los sindicatos, sino a la propia nueva clase obrera. Esta fue, prácticamente, parida por el propio estado bajo numerosas concesiones materiales, porque si bien existían ya leyes laborales que habían sido conseguidas por la lucha en tiempos anteriores, el peronismo le imprimió cambios inmensos a estas leyes, ampliando los derechos ya existentes hacia todas las ramas e incorporando otros nuevos para el obrero.(3)
En esos años, el gobierno peronista transita, por un lado, entre hacer importantes concesiones a la clase obrera para contar con su apoyo y poder resistir los embates del imperialismo y sus socios locales, y por otro lado tener que impedir que ésta misma clase adquiera una estructura independiente que pueda amenazar el régimen capitalista. Para ello contó con aquella situación privilegiada de bonanza económica (sobre todo como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial) que le posibilitó mejorar la calidad de vida de las masas populares e impulsar una masiva sindicalización, creando una estructura organizativa basada en las comisiones internas y cuerpos de delegados de fábricas. Esto, que a simple vista puede parecer democrático tiene un carácter contradictorio, ya que al ser parido desde el aparato estatal le permite al régimen tener el control sobre la clase en el lugar de trabajo. Para ello se obligó a todos los sindicatos a afiliarse a una única CGT (a los que se les otorgaba “personería gremial”) y para quienes se oponían se acudió al recurrente método de la intervención (y se los declaraba ilegales), comenzando así un proceso de estatización de las organizaciones obreras. Con ello se creó una nueva burocracia del aparato sindical como una sucursal del gobierno, convirtiéndose así en la columna vertebral del peronismo, y que supo participar en las listas de legisladores, ocupar cargos en ministerios y otras funciones públicas y, naturalmente, enredarse en los casos de corrupción que se desprenden.
Así, la CGT se fue conformando como un ministerio más del estado sellando un proceso de estatización y burocratización del movimiento obrero. Para este propósito se crearon escuelas de formación sindical educando en el principio de armonía entre el capital y el trabajo, traducido en que, frente la existencia de algún conflicto, éste no debía cruzar el límite de un reclamo sindical y donde el rol del representante obrero era hacer de “nexo” con el patrón, o sea, no sería conflictuar los intereses opuestos sino “ayudar a conciliarlos”. Así se fue consolidando una casta social que se va incorporando al régimen para tener un protagonismo que no había logrado hasta el momento en la vida institucional del país.
En síntesis, la justicia social reemplaza a la lucha de clases y el estado garantiza la armonía y la paz social, en virtud de los intereses de la nación formada en los valores occidental y cristiano.
Hoy podemos precisar que el principal soporte de la burocracia sindical es el propio estado, porque a través de ella se reproducen las ideas dominantes en la conciencia de los trabajadores y culmina subordinando los sindicatos al estado burgués a cambio de participar en los negocios capitalistas de este, fundamentalmente por medio de las obras sociales, la industria energética, etc.
Para Lenin, el sindicalismo en sí mismo, al no cuestionar la existencia de la explotación asalariada tiende a subordinarse a la ideología burguesa. Esto es así porque no existe ideología independiente al margen de las clases sociales o por encima de estas. Creemos que es válida esta definición como punto de partida de nuestra intervención en los sindicatos o futuras organizaciones obreras que la lucha de clases pueda parir. Aunque sobre ello, de nuestra intervención hoy desde la Liga actual, queremos referirnos en un próximo trabajo.
N.J. y P.M.
1) Si bien hubo importantes y valiosas peleas en aquella década de sectores obreros, contra las privatizaciones fundamentalmente, el grueso de la clase asimiló el discurso capitalista de la época enclavado en las salidas individuales, el progreso individual y meritocrático. El PJ le robó el programa a la ultraneoliberal UCD de Álvaro Alsogaray y el obrero “aceptó” el despido y la indemnización –dejado correr por el propio sindicato– convencido de tener un capital y poner su almacén o comprar un taxi, bajo la máxima que rezaba, más o menos, “ahora no queremos proletarios, queremos propietarios”. Era “el fin de las ideologías” y “el triunfo del capitalismo” tras la caída del Muro de Berlín en Europa.
2) Tanto fue corrompida, tal fue el grado de expropiación de la conciencia que hasta la emblemática consigna “día internacional de la lucha obrera”, insignia rectora del primero de mayo, fue rápidamente sustituida en cada cartel de los millares de actos peronistas y hasta nuestros días, por el insípido slogan de “fiesta del trabajo”.
3) Dice Milcíades Peña: “Pero el énfasis no se puso en la represión, sino en las concesiones reales a la clase obrera efectuadas a través de los sindicatos estatizados. Mejoras apreciables en los salarios y en las condiciones de trabajo, una marcada tendencia a favorecer a los obreros en los conflictos gremiales, el amparo a los dirigentes y delegados frente a la tradicional prepotencia patronal en el trato con los obreros, todo esto facilitó que los obreros se dejaran afiliar en los sindicatos estatizados. Sería incorrecto decir que los obreros se movieron o “fueron” hacia los sindicatos, porque el proceso transcurrió exactamente a la inversa: los sindicatos, o la Secretaría de Trabajo, fueron hacia los obreros. Así se creó la Confederación General del Trabajo, que pronto unificó en su seno a la totalidad de la clase obrera. Organización poderosa, a través de la cual en la era peronista se concedieron a la clase obrera importantes mejoras reales, pero que no obtuvo por sí absolutamente nada. ..” (Peña – “Masas, caudillos y elites”).
Referencias:
* Ernesto González, “Qué es y qué fue el peronismo”, “Ascenso y caída del peronismo”
* Milciades Peña, “Historia del pueblo argentino”
* Jorge Guidobono, notas sindicales de Bandera Roja
* León Trotsky, “Los sindicatos en la época del imperialismo”