1983 -40 años- 2023: más miseria, más derechas, MENOS DEMOCRACIA (editorial)
El 24 de marzo retrata en la calle una de varias Argentinas, transcurridas cuatro décadas desde que la dictadura genocida (militar-patronal-eclesiástica) cedió el mando a un gobierno civil elegido por el voto popular. Para miles, con mucha razón, el cambio significaba nada menos que la diferencia entre la vida y la muerte. Pero esa enorme alegría popular se ilusionaba, también, con que las urnas traían la solución para resolver todo lo demás: la crisis económica, la justicia por las víctimas del terrorismo de estado, la educación... Hasta se soñó con recuperar el “prestigio” de la Argentina en el mundo, luego del canallesco papel que jugaron los milicos con la ocupación y la conducción de la guerra de Malvinas…
Estas páginas de Bandera Roja ofrecen un enfoque de la situación actual, nacional e internacional, reflexionando sobre estos cuarenta años pos dictadura y compartiendo opiniones de otr@s compañer@s a fin de contribuir a la conciencia y las luchas cotidianas de l@s trabajador@s y el pueblo.
Un gatillazo en la cabeza de CFK, segunda embestidura presidencial, y siete años de prisión de Milagro Sala –en un claro disciplinamiento social– son un retrato sobresaliente de la democracia argentina actual. Son las puntas visibles, sobre todo, de una oleada reaccionaria más general del sistema capitalista en el mundo. En pleno siglo XXI, derechos que figuran en cualquier “manual de la democracia” no existen para millones de personas: cuatro comidas diarias, medicamentos, atención sanitaria plena y condiciones mínimas de escolarización (vestimenta, transporte, útiles y tecnología). Millones de personas viven rasguñando un alquiler, cientos de miles buscan un trabajo sin capacitación ni estudio, sí lo consiguen es bajo brutales condiciones de informalidad. La mitad del país vive esta realidad.
Dependencia económica y crisis social
El breve crecimiento en ramas centrales de la producción y el comercio en 2022 –como rebote pos-cuarentena– culminó en el actual recalentamiento de toda la economía (también como ejemplo local de la inflación mundial) y aunque Massa consiga patear algún vencimiento para el próximo año u otro artilugio de corto plazo, posiblemente estemos frente a una recesión –no declarada– que se disimulará con la emisión de pesos, muy necesarios para repartir hasta las elecciones.
El problema de la “falta de dólares” (una media verdad manipulada) se resolvería fácilmente yendo a buscarlos donde efectivamente están: en los bancos del exterior, a nombre de los grandes capitalistas que los fugaron antes, durante y después de la pandemia, a partir de las exportaciones récord de soja, autos, alimento, combustibles, etc., y saquean el bolsillo popular con inflación, sin reinvertir un dólar en infraestructura o al menos en reparación de instalaciones de los servicios públicos... por eso dejan a miles sin luz ni agua.
Es la misma historia de siempre, solo que agravada por un contexto de mayor dependencia externa de la economía y, claro, en medio de una crisis política y una guerra que aceleran el fenómeno. Si hace apenas pocos meses algunos especulaban con la “soberanía energética” –a partir de Vaca Muerta y de la explotación del litio– hoy ya nadie duda que el principal objetivo es exportar ese gas para facturar dólares lo más rápido posible, cuyo destino no será otro que pagarle al FMI y saciar la angurria de los especuladores de siempre. Por eso, de fondo, lo que se dirime en las elecciones de octubre –y hace más violentas las internas– es qué bandas empresariales (locales y/o extranjeras) a través de sus expresiones políticas se hacen con el Ejecutivo y se quedan con los negocios de todo lo que haya debajo del suelo en los próximos diez años. (ver pág. 5)
En ese contexto, en los últimos años millones han saltado a la pobreza y la indigencia, con el agregado que, por primera vez, esta realidad incluye a buena parte de las personas asalariadas “formales”. Pese a la división que impusieron las patronales con las nuevas condiciones laborales, esas varias capas de un mismo proletariado (mayoritariamente informal, subocupada o monotributista), con sus diferencias, padecen similares problemáticas económicas, pero también las relacionadas con las adicciones de todo tipo, la violencia social cotidiana y tanta enfermedad “social” que deriva de la precariedad por la vida que se lleva. (ver pág. 5)
Madura la crisis política
La irresolución de las candidaturas expresa la lucha de grupos capitalistas al interior de las coaliciones, que también exponen el “caranchismo” de la Justicia, las mafias policiales ligadas a todos los negocios y los “sótanos de la democracia”, en permanente actividad sobre la superficie.
El Gobierno, luego de haber dilapidado el apoyo social con el cual destronó al macrismo, termina administrando el saqueo del FMI y con Massa dirigiendo toda la economía. Junto al envío del Ejército y la Gendarmería a Rosario –que solo pueden caerle de lleno a las barriadas pobres– y la reciente represión a los pueblos mapuche, son la foto de tres años y medio de gestión del Frente de Todos, con tibias excepciones.
Su ventaja es que no recibe presión popular (en parte porque nada se espera de él y, en parte, por la vista gorda de gran parte de la dirigencia gremial) lo que le deja espacio para ocuparse de la oposición en el Congreso, en el Consejo de la Magistratura, en los medios... y en su propio Frente, donde madura la posibilidad de una ruptura. El ala que encabeza CFK fue quedando presa de sus propias limitaciones de clase para oponerse al “poder real” con hechos, no con discursos. Esquivando esta causal de origen, la consigna del “luche y vuelve” –de hace cincuenta años– servirá, tal vez, para inyectar mística en la desmoralizada base militante alrededor de una figura, pero no de una alternativa política que confronte con el gran capital en un sentido redistributivo. Por eso tampoco quieren sacar los pies del vetusto aparato del PJ (una diferenciación que los enorgullecía en una vida pasada).
La derecha, por ahora, sigue dividida y solo se puede juntar para pegarle al Gobierno, sea para proscribir a CFK, para pedir represión a todo lo que proteste, para usar a los “servicios” o para desempolvar la receta del ajuste para todo, pretendiendo que el pueblo se olvide del “robo del siglo” ejecutado en su breve paréntesis de gobierno y de la violencia represiva contra la clase obrera. Macri, Larreta, Bullrich, Morales... son las joyas “republicanas” con las que cuenta hasta ahora la rancia burguesía golpista y sectores del imperialismo.
En todo este pozo negro del régimen emerge Milei y muchos otros fascistoides, como el hasta ayer marginal Luis Espert –hoy ambos diputados de la democracia–, que reclaman balas para tod@s, logrando naturalizar un discurso rabiosamente antipopular que no era socialmente aceptado pocos años atrás.
En 40 años, más miseria, menos democracia
“Alfonsín fue el último presidente y la última expresión política de toda una época que se terminó, que se cerró y que no puede volver a repetirse… fue el último ramalazo de una época que terminó simbólicamente con la caída del Muro de Berlín… expresa el final de toda un forma de pensar la política…” (L.Rubiales-Bandera Roja 84, abril 2009).
El régimen democrático capitalista que siguió a la dictadura es parte de ese final de época. Nació impotente. Los milicos fueron sentados en el banquillo para que sus verdaderos jefes –el imperialismo norteamericano y el empresariado nacional–, su eterna colaboradora Iglesia Católica y sus cómplices en el golpe (dirigentes políticos del PJ, la UCR y la burocracia sindical), quedaran impunes. No obstante, a su turno también les llegó la impunidad “democrática” a los militares con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final de Alfonsín y los indultos de Menem.
Paradójicamente, tuvo que haber una rebelión popular en 2001 –verdaderamente democrática, con lucha callejera, extraparlamentaria, asamblearia– para que la famélica democracia capitalista “reviviera”. Sus cimbronazos alcanzaron para imponer, bajo los gobiernos kirchneristas, los juicios a varios genocidas y lograr el reconocimiento de importantes derechos sociales. No obstante, los asesinatos de jóvenes –sobre todo humildes o luchadores– a manos del aparato policial y la desaparición forzada de Julio López, Luciano Arruga, Santiago Maldonado y much@s más, y tanta miseria generalizada hoy, ponen la lápida, nuevamente, sobre la democracia y su estado “de derecho”.
Cuatro décadas después de aquel 1983, al compás de la crisis económica, el régimen democrático capitalista se fue transformando en un obstáculo para dirimir los negocios de los distintos sectores del poder, aquí y en el mundo. Y, hacia abajo, se volvió asfixiante y crecientemente represivo para el pueblo trabajador.
Se radicaliza una derecha social y política que viene tocando a degüello, y esos enemigos “no juegan a la democracia”. El primer desafío pasa entonces por defender y asegurar cada una de las libertades democráticas y las conquistas sociales por las que ya están viniendo.
En ese sendero, más tarde o más temprano, el desafío es construir una fuerza de millones, que supere la democracia actual y la nostalgia de creer que el “sufragio universal” es la llave que todo lo puede. Conquistar una verdadera democracia en beneficio de nuestra clase, para imponer un real “bienestar general” nos obligará, necesariamente, a elevarnos a la lucha por un nuevo poder social y político, el encargado de mandar a la basura esta vieja, violenta y podrida sociedad de la ganancia.