Crisis medioambiental: NEGOCIOS PARA EL CAPITAL
Un magistral ejemplo de la manera que tiene la burguesía de afrontar la actual crisis medioambiental que ella misma provocó, es el mercado de “compensación” de emisiones de carbono, que permite a grandes emisores privados limpiar su imagen compensando su “huella de carbono” pagándole a otra empresa que lleva adelante acciones tendientes a proteger algunos difusos bosquecitos en algún otro lado del mundo.
Desde el periodismo y la academia se encargan regularmente de mostrar desde la estafa lisa y llana de este “mercado” (con plantaciones fantasmas) hasta cuestionar incluso su utilidad para disminuir el impacto ambiental de las empresas involucradas.
El escándalo reciente de Verra, la empresa líder del mercado de compensación, que inflaba sistemáticamente sus cálculos de gases compensados, y que contaba entre sus distinguidos clientes a Disney, Gucci y Shell, muestra lo buena que resulta la abstracción a la hora ya no solo de dibujar resultados, sino de inventar un “mercado” entero (si fue de 2 mil millones en 2021, se calcula de hasta 50 en 2030).
A propósito de la petrolera, obtuvo el año pasado la ganancia récord en sus 115 años de historia: 4 mil millones de dólares. Por ahora no se ha visto salpicada por el último escándalo de la industria de combustibles fósiles: la reciente denuncia de que las actividades de contractors (consultores) de gas y petróleo yanquis e ingleses han permitido a la dictadura de Myanmar financiarse desde su comienzo en 2021.
Estos ejemplos no son testimonios de desvíos “individuales”, de personas moralmente reprochables, o incluso de empresas particularmente voraces por dólares. No se trata de casos extraordinarios, sino de comportamientos tremendamente típicos. Es la manera “racional” de comportarse de la burguesía, que pregona y solo valida el actuar según el interés propio.
Pretender que la misma burguesía, que nos condujo a la actual situación socioambiental de emergencia, pueda cambiar su aproximación hacia la naturaleza (y por tanto a la humanidad) es un engaño tan estéril como pretender que renuncie a la propiedad privada, sustento básico y fundamental en que se sostiene el despojo sistemático. Esta manera de actuar se explica no en virtud de su malicia, sino que sigue su lógica: la de la competencia por mayores ganancias, en la que ambiente y personas son medios, u obstáculos.
Esto explica la esterilidad de cumbres mundiales como la COP27 de Egipto en noviembre pasado (que funcionó más como cámara de lobistas petroleros que como un foro de acción socioambiental), y el aumento de las muertes a nivel mundial de quienes intentan defender su tierra.
La actual crisis socioambiental no es un producto fortuito y casual del capitalismo, sino su consecuencia lógica e ineludible, inmanente a su dinámica sistémica de explotación, que no permite solucionar la contradicción entre el dominio irrestricto del capital y la necesidad de un ambiente que sostenga la vida.
A nivel local, a mediados de febrero se inauguró un nuevo oleoducto desde Vaca Muerta, Sierras Blancas-Allen, liderado por Shell, claro, que nos comenta en la voz de su CEO para Argentina que está incursionando en la distribución, la partecita del negocio que le faltaba. En el marco imperante, esta noticia no puede ser buena. Es que el beneficio de esa extracción no será para “la Argentina”, en abstracto, sino para la burguesía y sus petroleras en particular. Las palabras de la Secretaria de Energía Royon en la inauguración de la obra (“Podemos mejorar nuestra capacidad de exportación”), así lo confirman. Massa se ocupó se anunciar la readmisión de Shell al régimen impositivo especial de las petroleras, que la habilita a exportar un quinto de su producción sin retenciones y disponiendo al instante de los dólares que obtiene.
Lo que si quedará en el país será el daño ambiental consiguiente a la extracción “poco convencional” del petróleo que conlleva la nociva práctica del fracking. Lo mismo pasará con el ascendente litio (con denuncias de comunidades que ya van del Tíbet a Chile), sumando un elemento peligrosísimo para la región en la disputa geopolítica interburguesa internacional por los recursos energéticos, que escaló con la guerra en Ucrania, y del que los golpes en Bolivia y Perú vienen siendo exponentes.
No hay soluciones fáciles para el problema acuciante en que estamos metidos. A esta altura, cada decisión de política energética debería ser tomada teniendo en cuenta los riesgos y los intereses de las comunidades directamente involucradas y la sociedad en su conjunto. La burguesía, que detiene a Greta Thunberg para poder pasar la topadora por un pueblo alemán y ¡abrir una nueva mina de carbón!, (¡es que es tan barato!), está incapacitada para asumir esta tarea ayer, hoy y siempre.
Lo único que permitirá un avance sustancial en los reclamos socioambientales, que posibilite contener la crisis actual, y disminuir los inmensos daños a los que ya está expuesta la humanidad, será la movilización y participación masiva de las clases dominadas. Solo así se podrá avanzar en una agenda de reclamos urgentes, pero para superar este horizonte de manera definitiva, convirtiendo a la “democracia” de un régimen despótico del capital en una práctica política para beneficio de las masas, debemos derrotar la lógica burguesa del interés privado y su materialidad mediante la acción revolucionaria y poner las decisiones en nuestras manos.
Si es por la burguesía, en unos años propondrá compensarnos por un planeta que ya nos robó.
Lotte Rid