ESTADOS UNIDOS y la OTAN: a las puertas de una nueva conflagración mundial
A un año del inicio de la guerra en Ucrania las posibilidades de una paz negociada parecen cada vez más remotas, al tiempo que se derrama el conflicto a otras partes del globo. Sin evidencias claras del desgaste de Rusia, se multiplica la ofensiva de Estados Unidos contra China, su “objetivo estratégico” tal como sentenció la OTAN. Mientras las empresas energéticas tienen ganancias récord y la industria guerrerista se frota las manos, los pueblos del mundo –en particular el de Ucrania– padecemos las consecuencias de esta disputa por el dominio del mundo.
Más municiones, más armas viejas y nuevas, más tanques nuevos y viejos, y más apoyo económico y político son las consignas de la OTAN y de la Unión Europea, capataces asumidos de EEUU en la guerra contra Rusia, al tiempo que Moscú redobla su producción militar y suspende su participación en el acuerdo de armas nucleares. Ello, más las mutuas acusaciones de desestabilización en Moldavia y Georgia, el reciente episodio entre el dron estadounidense y el avión ruso en el mar negro, el apuro para incorporar a Finlandia y Suecia a la OTAN y a Ucrania a la Unión Europea, son muestras de que las tensiones en la zona van en aumento.
Las múltiples sanciones económicas no impactaron de manera determinante en Rusia porque encontró donde colocar sus exportaciones, pero resultaron ser un búmeran que golpea fuertemente a las economías europeas en particular.
Es por eso que países no involucrados hasta ahora directamente –o ajenos a la región– son llamados a alinearse más firmemente, como por ejemplo las presiones a Suiza, Brasil o Argentina, para que entreguen armas a Ucrania.
Un ejemplo de lo que son capaces de hacer es la voladura de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 (denunciada en el propio New York Times como hecha por grupos ucranianos, o sea, de EE.UU.), para terminar de hace estallar la alianza energética entre Alemania y Rusia, consolidando así la partición germana en la guerra; con el beneficio adicional de convertir a las empresas norteamericanas en las principales reemplazantes de la barata energía rusa.
En este marco hace agua el plan de paz presentado por el gigante asiático. Aunque haya sido aceptado parcialmente por Rusia –y Zelenski haya sostenido la posibilidad de una reunión con su homólogo chino– fue rotundamente desechado por EEUU y por la presidencia de la Unión Europea, a pesar de declaraciones positivas de Francia e Italia. Es que para las principales potencias imperialistas, que prometieron “liberar” todo el territorio ucraniano y “desmilitarizar” la península de Crimea, aceptar la propuesta china significaría una capitulación y un gran descalabro político-militar de la estrategia en la región que vienen tejiendo EEUU y la OTAN desde la caída del muro.
Porque el problema es mucho más grande. La larga crisis económica que arrastra el capitalismo y el cuestionado liderazgo norteamericano buscan una “salida” en el militarismo y la guerra, que se derrama mucho más allá de Europa del este; esto involucra indefectiblemente a todos los países del mundo.
Por qué China
Demócratas y Republicanos definieron el conflicto con China como “una lucha existencial sobre cómo será la vida en el siglo XXI”. La cruzada “democrática” no logra ocultar lo evidente: es una batalla palmo a palmo por la hegemonía económica, tecnológica, política y militar.
Esa lucha pegó un salto en los últimos meses en todos los terrenos y se expande por el planeta. Las teorías conspirativas acerca de que el Covid 19 fue creado en un laboratorio de Wuhan –ocultando su origen en el modo de producción capitalista–, la prohibición del uso de la red social TikTok o el hallazgo de globos “espías” que amenazarían la seguridad interna, son parte de la campaña de demonización en los medios de (des)información estadounidenses, buscando generar consenso social contra China y, en particular, justificar la acumulación militar en el Indo-Pacífico.
La provocación con la visita de Pelosi a Taiwán, se intensificó recientemente con el viaje de funcionarios de primer nivel al Extremo Oriente para ampliar los acuerdos militares de EE.UU. con Filipinas e incrementar sus bases militares en ese país, además de reforzar el compromiso político militar de Japón, Corea del Sur y Taiwán. El objetivo es construir una alianza para aislar al gigante asiático de su zona de influencia y consolidar un bloque de poder bélico en la región.
Por su parte, China gana influencia en uno de los centros petroleros del mundo, siendo mediadora del acuerdo entre Irán y Arabia Saudita, tras siete años de ruptura de relaciones diplomáticas. Mientras, el continente africano le da la espalda a los líderes occidentales que lo visitan buscando contrarrestar los variados acuerdos militares y las inversiones chinas y rusas, en el mismo momento en que Sudáfrica realiza maniobras militares conjuntas con ambos países.
Hacia América Latina, aumentan las presiones de todo tipo para que los diferentes países rompan sus acuerdos con Beijing. La jefa del Comando Sur de EE.UU., definió a la región “de interés estratégico por sus recursos naturales”, sin dejar dudas del interés del imperialismo por recuperar el rol hegemónico en su “patio trasero”.
Sin embargo, el obstáculo principal de aquella “lucha existencial” de EE.UU. es que para las burguesías locales el China se convirtió en un importantísimo mercado y en la principal fuente de inversiones (en particular en infraestructura) para los gobiernos de cualquier color político. En lo fundamental la batalla no es ideológica sino, como dijera Clinton, “es la economía, estúpido”.
Por eso, incluso en la misma OTAN se expresan intereses dispares o contrapuestos. Cuando en su visita a Beijing el canciller alemán Olaf Scholz declaró: “China sigue siendo un socio comercial importante para Alemania y Europa”, llovieron las críticas desde EEUU. Y unos meses después, en la cumbre en privado con Biden, Alemania se comprometió aún más en la guerra contra Rusia, y recibió el apriete para hacerlo en la escalada de la OTAN en la región del Indo-Pacífico.
La guerra pone al desnudo el agotamiento del sistema capitalista
La crisis energética y el aumento de los alimentos desataron una dinámica inflacionaria en el planeta, que junto a la existencia de indicios de recesión en la economía mundial, son los causantes de un estado de inestabilidad general. La última demostración es el tembladeral bancario y financiero que se desato a partir de la caída del Silicon Valley Bank.
La inestabilidad deja al desnudo la debilidad de los regímenes políticos para dar respuestas a las necesidades básicas de las poblaciones.
Las consecuencias van desde el cercenamiento de las libertades democráticas, golpes institucionales y movidas desestabilizadoras (como en Perú, Bolivia, Brasil, etc.), crecimiento de la xenofobia y las ultraderechas y crisis de representatividad en general. La realidad nos muestra un estado de incertidumbre y explosividad, donde todo el andamiaje social y político conocido hasta hoy tambalea bajo los pies de la humanidad.
Es que la voracidad del capitalismo imperialista hace que la perspectiva de un mundo multipolar sea una utopía: las guerras imperialistas son parte esencial de esta etapa del capitalismo.
Solo que, a su tiempo, también comienzan a sonar los tambores de lucha de las clases explotadas en los centros imperialistas europeos, que hacen sentir el ruido de la crisis económica y se plantan a dar pelea, paralizando distintas actividades y movilizando con creciente masividad por múltiples reclamos salariales y sociales, y en defensa de sus conquistas. En ellas depositamos, en definitiva, las esperanzas de organizar y luchar a brazo partido por una salida diametralmente opuesta a la actual, revolucionaria y socialista, necesariamente de hermandad de clase internacionalista, protagonizada por los millones que, dentro de unas u otras fronteras, no tenemos nada para ganar en la carnicería imperialista. Esta perspectiva política no es ni sencilla ni viene con garantías de victoria, pero es la única posible para frenar el curso guerrerista y destructivo del capitalismo en su fase de decadencia, que empuja al planeta todo a una barbarie cada vez más profunda.
16/03/2023