ASAMBLEA CONSTITUYENTE: un debate necesario
La rebelión es la forma que encontró el pueblo campesino, indígena y trabajador de expresar su rechazo a la podredumbre del régimen político capitalista en Perú. Ante esa realidad, la casi totalidad de las organizaciones de Argentina que se reivindican trotskistas, levantan el llamado a una “Asamblea Constituyente Libre y Soberana” como el objetivo estratégico a conquistar.
Más allá de que se refieran a la necesidad de un cambio de “gobierno”, de “régimen”, a conformar un gobierno provisional o a tomar el gobierno, todas concluyen en que el voto universal, secreto y obligatorio para una asamblea constituyente “libre y soberana” es la herramienta que permitirá reemplazar el poder de los capitalistas.
Parecen olvidar que es la institución madre del llamado régimen democrático burgués, origen de su “legitimidad” y sus instituciones –como el Congreso golpista del Perú– y que le da forma legal a la realidad que pretende esconder: la dictadura del capital.
La electa vice devenida dictadora, Dina Boluarte, estableció que “de incrementar el nivel de resistencia del intervenido se procederá al uso del arma de fuego en la zona del cuerpo”. Un claro recordatorio de que a la burguesía no le genera ningún trauma cambiar su ropaje democrático para enfrentar las rebeliones populares, incluso con balas de plomo, si entiende que es necesario.
Los más de 70 muertos en Perú son, en términos históricos, una pequeña muestra de lo que las burguesías locales, junto a los diferentes sectores del imperialismo, están dispuestas a hacer para garantizar su negocio: la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza.
El Estado, que en última instancia no es otra cosa que “una banda de hombres armados”, es y ha sido la herramienta para garantizar esa explotación, y no va a desaparecer por arte de magia.
La constituyente posible
En la historia reciente de América Latina hay varias experiencias de asamblea constituyente. La de Colombia de 1991, abrió la puerta a las privatizaciones de los servicios públicos y los narcos, a punta de pistola, lograron que se rechace su extradición. La de Argentina en 1994 habilitó la reelección de Menem y pasó a manos de las provincias los recursos naturales (como el litio). Veamos ahora tres ejemplos que fueron precedidos por crisis políticas y alza en la lucha de clases.
La de Bolivia en 2006 no acabó con las decenas de movidas golpistas y desestabilizadoras de la “media luna” reaccionaria contra el gobierno de Evo Morales, logrando su expulsión con el golpe de Estado en 2019.
La “revolución ciudadana” de Ecuador y la reforma constituyente de 2004 de Rafael Correa, no evitó las intentonas golpistas por derecha ni la sentencia a 8 años de cárcel y 17 de proscripción.
En la constituyente de Perú en 1978, el FOCEP (Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular) mocionó durante la primera sesión que se declare “libre y soberana”, el Presidente Haya de la Torre debió aceptarlo públicamente. Trece años después, esa constitución fue barrida por el golpe de estado de Fujimori, que restauró la de 1933.
Las pocas o muchas aristas progresivas de estos procesos, fueron cediendo. Ninguna de las constituyentes resolvió los problemas de fondo del pueblo explotado porque su origen no se encuentra en la falta de “espíritu democrático” del régimen político ni en la letra de su constitución, sino en el sistema de explotación capitalista.
Recrear las ilusiones o pelear por destruir el poder capitalista
Desde el 2000 todos los presidentes que finalizaron su mandato en Perú, fueron detenidos, extraditados o se suicidaron. En los últimos seis años el ejecutivo fue ocupado por cinco presidentes. El régimen bipartidista estalló no sólo en Perú, sino en el resto de América Latina y en Europa. Las elecciones no las gana un partido sino una colcha de retazos llamada frente o alianza electoral, de lo que Argentina es un ejemplo.
La institucionalidad burguesa resulta insuficiente para súperexplotar la fuerza de trabajo ante las actuales necesidades del capital, y cada vez sirve menos para dirimir las disputas interburguesas.
Y desde hace tiempo la tendencia mundial no se dirige a profundizar la “democracia burguesa” sino a su fujimorización, es decir a la liquidación de las conquistas democráticas de más de un siglo, por más que se vote de vez en cuando.
Por eso la defensa irrestricta de las libertades democráticas nada tiene que ver con edulcorar el régimen democrático burgués bajo el cual se cometen diaria y sistemáticamente todo tipo de crímenes y atropellos que es necesario denunciar.
Intentar recrear las ilusiones democrático-burguesas poco tiene que ver con las tareas del socialismo revolucionario. Ampararse en lo que dijo Trotsky sobre China en 1928 –de forma parcializada– y contraponerlo a las Tesis de Abril de Lenin o a las Tesis sobre la Asamblea Constituyente de 1917, nos llevaría a una guerra de citas más propia de las discusiones religiosas sobre “la palabra divina” que a un debate entre organizaciones revolucionarias.
La experiencia sobre la asamblea constituyente y su función para desenmascarar al régimen (que fue el sentido con que ambos la utilizaron, y no para esquivar la lucha por el poder) tiene una importancia relativa un siglo después, mucha agua corrió bajo el puente.
Desde la LSR estamos convencid@s de que no habrá ninguna pacífica “apertura al socialismo” mediante una asamblea constituyente. La historia demuestra que la burguesía y el imperialismo harán uso de todas las formas de violencia necesarias para derrotar el proceso en curso en Perú y retener el poder en sus manos.
Nuestra tarea pasa por intervenir en el proceso político abierto en la cabeza de miles para explicar que el actual sistema de dominación está caduco y que, al mismo tiempo que peleamos por todas las reivindicaciones necesarias, es imprescindible desarrollar los organismos de doble de poder para enfrentar y derrotar el poder capitalista, cuando las condiciones lo permitan –la correlación de fuerzas, suficiente división en el enemigo, etc.–. No nos proponemos re-crear las ilusiones en el régimen democrático burgués cuestionado en los hechos por las masas movilizadas, mucho menos intentar su utópica mejora, sino colaborar en su derrota revolucionaria.
B.Blarouson