GUERRA CONTRA EL PUEBLO, editorial

En 1976 las patronales se sirvieron de Videla y sus genocidas para arrasar con las conquistas obreras y sociales de la Argentina. Medio siglo después, el nuevo capataz se llama Milei, y el régimen político del que se vale no es una dictadura militar sino una democracia policíaca, versión local del capitalismo en su actual etapa de barbarie.

Milei precisa asegurarle a los grandes capitalistas la vigencia de las reformas más profundas (del DNU y lo que se pueda restituir de la Ley Bases) antes de que la desesperación popular pueda resultar un problema en la calle y que la oposición política pueda cerrar filas en el Congreso. La urgencia local va en la línea de anclar a la Argentina a la política exterior de Estados Unidos, por eso retiró al país de la órbita de los BRICS y lo alineó con Inglaterra e Israel (incluyendo el festejo de la masacre en Gaza). Por eso renuncia al desarrollo científico y la investigación en el estado, a los derechos de soberanía sobre las aguas y subordina las Fuerzas Armadas al arbitrio del Comando Sur. No es casual que en Rosario empiece un doble experimento: la intromisión yanqui con el pretexto del narco, y el despliegue del aparato militar en la terminal del histórico cordón industrial.

En tres meses el Gobierno pulverizó el valor del peso con el saqueo inflacionario y empujó toda la economía a una recesión en picada. Y no hace falta ser adivino para saber qué harán con los dólares recaudados: pagarle al Fondo, o liberarlos a la venta para la fuga hacia el exterior. Por eso seguirá amputando el gasto, no solo el que dinamiza la actividad con las obras públicas de las provincias y los municipios, que provoca la caída en dominó de otros rubros y el cierre de miles de Pymes. Lo hace en la cultura, en las jubilaciones y en los comedores, en las áreas de salud que apenas alcanzaban a cubrir una mínima atención en los barrios populares. En paralelo comenzó la cadena de despidos, que se suceden desde el estado hasta la construcción, la industria y los medios, una exigencia de las las patronales para terminar de planchar los salarios y poner techo a las paritarias mientras declaran la guerra a los sindicatos. En ello hace punta Paolo Rocca contra la UOM amenazando el cierre de Siderca, antes la patronal de SanCor militarizando la planta contra el sindicato Atilra, también el Grupo América y el Gobierno contra Télam y el INCAA –decisiones más políticas que por “reducción de gastos”–. En resumen, es un “operativo de pinzas” para estrangular la lucha salarial y golpear toda la estructura gremial de un solo tiro, allanando el camino a la reforma laboral que persiguen las burguesías. 


Fuego cruzado por arriba y desafíos abajo

Pero también en solo tres meses comenzaron a oírse “tambores de guerra” entre bastidores. La gobernabilidad no está comprada en el largo plazo. En el Gobierno se hacen zancadillas todos los días, que no empezaron con Villaruel en el Senado. A su vez, el PRO está dividido, el radicalismo también, y a los distintos peronismos los unen dos espantos: Milei y el desborde social. La “rebelión” de los gobernadores (por las regalías petroleras, después podrá ser por el litio u otras riquezas) fue un adelanto de grandes contradicciones que se acumulan, pero expresan disputas que, como venimos señalando hace tiempo, arrancan de muy arriba entre las potencias más poderosas del mundo. Como apuntó Antony Blinken, el Secretario de Estado norteamericano yendo al hueso del asunto: “Argentina tiene todo lo que necesitamos...”. 

Solo que es mucho más que sus recursos naturales; el país debe ser una pieza de la geopolítica yanqui contra China, Rusia, contra Brasil y los BRICS, contra Venezuela por el petróleo, contra Irán, por la Antártida y más.

En este marco se expresaron las multitudinarias movilizaciones del 27 de diciembre y el 24 de enero, los cacerolazos espontáneos, el incipiente resurgir de asambleas barriales, la reciente movilización del 8M y la del 24 de Marzo en el aniversario del golpe. Además, hay varios paros docentes y otros sectoriales, apareció la respuesta de los obreros por el cierre de Acindar y es posible que ello se contagie. Todo, suma “palos en la rueda” al Gobierno, pero aún están lejos de hacerlo tropezar, porque se está procesando la carencia de referencias serias en las cuáles confiar al momento de jugarse –y poner el cuerpo– debido a la sensación de fracaso de todo lo que se probó hasta aquí.

Esto no se explica, en lo fundamental, por la “complicidad” de las centrales obreras, sino por la ausencia de una masiva irrupción popular que pase a todo el régimen por encima. Mientras ello no madure, la CGT especula con acumular conflictos y repetir el ritual de un paro general, dándole un carácter “institucional” a la bronca que hoy está dispersa, y sentarse a negociar desde otra posición de poder.

Además, más en general, todavía existe cierta confianza de amplios sectores de la población que compraron la idea de una mejora y que aún aguardan los resultados.


Lo que se agotó es el capitalismo

La política capitalista alrededor de la “contención del estado” tocó fondo. Por ejemplo, en los últimos ocho años el mismo estado contrajo deuda y luego garantizó su pago para la fuga y timba financiera de los grandes capitalistas, sea cual fuere el gobierno y sus intenciones supuestas; lo mismo sucedió con la concentración monopólica, que pegó un salto en plena pandemia. A lo largo del tiempo el estado fomentó el crecimiento de la informalidad y la precarización laboral tapando agujeros con asistencialismo, sin generar inversión y empleo a largo plazo. Así se cristalizaron la pobreza y la indigencia, se resquebrajó aún más el tejido socio laboral y, con ello, la conciencia social sobre los derechos de un régimen político crecientemente asfixiante y desigual para millones. 

Toda esta ficción es lo que estalló en noviembre. Por derecha, y electoralmente, gracias al empujón final del macrismo y al tramposo mecanismo constitucional del balotaje, que transformó en presidente al que en realidad había perdido, un ex bufón salido del sótano de la reacción. Su imagen fue creciendo en contraste al desgaste del régimen político, y su discurso escaló hasta ponerlo todo en discusión: los derechos sindicales y sociales, decidir sobre los propios cuerpos, la historia de lucha contra la impunidad del genocidio… Sin encontrar una clara y firme respuesta del arco político democrático, ni en la calle ni en los medios (el atentado a CFK y la escasa reacción allanaron ese camino), el discurso estuvo dirigido en particular a un público joven, dentro del cual existe un proletariado híper precarizado para quien los “derechos sociales” y la democracia suenan a tango viejo. Y fue calando también en el trabajador “en blanco” al que convencieron de que el culpable de sus miserias es su propio vecino, el “planero” o el inmigrante que estudia gratis “con la nuestra”... el mismo que terminó considerando más responsables a los dirigentes sindicales por su bajos salarios, que a la patronal que lo explota. 

Estos rasgos nuevos, de una parte de la clase obrera, marcan un cambio sombrío operado en la sociedad. Milei sabe que su ideología ultrareaccionaria tiene aval en una importante porción de la población trabajadora, a la que promete libertad… de explotarse 12, 14 y 16 horas “sin sindicatos”… y sin ningún derecho. 


Entrar en la acción para darlo vuelta todo

El régimen democrático se va consumiendo por dentro y se muestra como la dictadura cotidiana de los poderosos. El hambre del siglo XXI alcanzó a millones, pero pocas personas poseen fortunas que equivalen a varias deudas externas juntas. 

No es una “distopía”. Es la tendencia real hacia más barbarie cuando el capitalismo no tiene nada enfrente, sino su propio espejo. 

La posibilidad de revertir este rumbo existe, y está en la propia decisión revolucionaria de millones de unir todas las luchas, sin dogmas ni sectarismos, y hacer crecer la resistencia hasta derrotar al Gobierno en las calles. 

Al calor de esa pelea, el pueblo trabajador tiene el desafío de construir una alternativa propia como clase, acaudillando a todos los sectores explotados, para barrer la gran propiedad capitalista y sentar las bases de una nueva organización de la sociedad hacia un verdadero progreso humano, colectivo y comunista.

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