REFORMA LABORAL: Un salto en la explotación
Desde mediados de los años setenta y principios de los ochenta, el capital inició un proceso de desmantelamiento progresivo de las conquistas obreras obtenidas mediante las revoluciones y las grandes luchas de comienzos del siglo XX, que dieron lugar a la excepción histórica del Estado de bienestar traducido en derechos sociales, políticos y económicos. Según la ONU, el Banco Mundial y la OIT, cerca del 60% de la fuerza de trabajo mundial se encuentra hoy en la informalidad, cuando en 1975 ese porcentaje rondaba apenas el 20%. Paralelamente, no ha dejado de ampliarse la brecha entre productividad y salario: en Estados Unidos, entre 1974 y 2025, la productividad creció un 90,2%, mientras que los salarios promedio lo hicieron apenas un 33%. La crisis de 2008 profundizó, una vez más, esta ofensiva mundial del capital contra el trabajo, y catapultó las reformas laborales alrededor del mundo.
La argentina es parte de las sancionadas en los últimos años que se caracterizan por: 1.- Flexibilizar o aumentar la jornada laboral, 2.- Reducir las indemnizaciones por despido, 3.- Prevalencia del contrato por empresa o individual por encima del convenio colectivo por rama, 4.- Posibilitar la reducción del salario y eliminación del pago de horas extras; 5.- Limitar el derecho de huelga, 6.- Bajar impuestos y flexibilizar la condiciones de contratación, 7.- Reducir o eliminar el seguro de desocupado, 8.- Extender el periodo de prueba y contratos por tiempo determinado, 9.- Desfinanciar a las organizaciones sindicales.
Como ejemplos, en Hungría la patronal aumentó de 250 a 400 las horas extras anuales... con pago diferido ¡hasta tres años! En Inglaterra generalizó el "contrato cero horas", que permite disponer del tiempo del trabajador -hasta el 2015 en forma exclusiva- sin garantizar horas mínimas de empleo, pagando solo las efectivamente trabajadas.
En Argentina
La reciente reforma, cínicamente llamada de "modernización laboral", es el salto más regresivo impuesto desde el genocidio de 1976. Mientras la dictadura suspendió los derechos políticos, la actual reforma pretende limitarlos o eliminarlos jurídicamente: retira los fueros para el delegado suplente y congresal restringiéndolos al delegado titular, imposibilita el derecho a huelga mediante la declaración de todas las actividades como esenciales o "de importancia transcendental", obligando a prestar servicios mínimos del 75% y 50%; e impone la autorización patronal para la realización de una asamblea en el lugar de trabajo, descontando del salario el tiempo que dure la asamblea.Al igual que la reforma de 1976, ataca la estructura del derecho laboral contenida en la Ley de Contrato de Trabajo vaciando de contenido los principios de aplicación de la norma más favorable al trabajador (art. 9) y la irrenunciabilidad de derechos (art. 12). Y entre otras coincidencias elimina la presunción de relación laboral (art. 23), limita hasta casi suprimir la responsabilidad solidaria por subcontratación o tercerización fraudulenta (arts. 29 y 30), restringe la composición del salario (art. 103), reduce la indemnización por antigüedad (art. 245) y amplía las causales de reducción indemnizatoria (art. 247). Como si fuera poco, también deroga la ultraactividad de los convenios colectivos, lo que implica que ante su vencimiento se tenga que negociar de cero con la patronal... si es que decide sentarse, porque no hay norma que la obligue.
Además habilita el pago de indemnizaciones en 6 y 12 cuotas, transformando al despedido en financista de su patronal; prohíbe reclamar la reparación integral, es decir todo el daño provocado, colocando al trabajador como ciudadano de segunda. Y mediante la creación del Fondo de Asistencia Laboral, incentiva el despido que se financiará con el desvío de entre el 1,5% y el 3% de aportes previsionales, lo que representa casi 3.000 millones de dólares anuales. Montaña de dinero que se destinará a la timba financiera, mientras el conjunto de trabajadores y jubilados pasa a ser socio del costo patronal.
La pelea es contra las patronales
El "debate" público fue orquestado mediante el "corte y pegue", en todos los idiomas, de eslogans como "crear puestos de trabajo", "mejorar la productividad del país" o "elevar el salario", frente a otras como "esto ya fracasó" o "es necesario que crezca la economía". Detrás de estos argumentos se oculta el objetivo no declarado que une transversalmente a todas las patronales: aumentar la explotación del trabajo para contrarrestar la caída de la ganancia del capital, consecuencia intrínseca del modo de producción capitalista. El nivel de resistencia de las masas, aún mediante masivas movilizaciones, resulta insuficiente ante la voracidad del capital.Para pelear contra la implementación de la reforma laboral, no alcanza con rodear de solidaridad cada lucha sino que resulta imprescindible disputar cabezas: porque no se trata de añorar las consecuencias de un pasado remoto o inmediato y volver a reproducir la vida como en "El día de la marmota", sino de pelear consecuentemente contra los explotadores hasta colocar a la sociedad de la ganancia en el basurero de la historia.
